Naturalidad

Lo más difícil de escribir, lo que más me cuesta cuando escribo una historia, es conseguir que resulte natural. Es un tema que siempre me ha obsesionado. Cuando era pequeña y hacíamos una obra de teatro en el colegio, o recitábamos poesía, o leíamos en clase, me ponía de los nervios que las monjas se empeñaran en que teníamos que ser muy enfáticos, hablar muy despacio (prácticamente imposible para mí además), alto, mirando al público. Llegaba a casa y me quejaba a mi madre “Mamá, pero es que eso no es natural”. Además, no tenía nada que ver con lo que yo veía en la tele o el cine. Los actores de mis películas favoritas no eran unos chalados histriónicos que, en lugar de hablar, declamaban.

Supongo que me cuesta tanto porque, cuando escribo, tiendo irremediablemente a ponerme un poco pedante. No lo hago a propósito. A veces siento que es como si estuviera escribiendo la típica redacción del colegio en la que sabes que te van a poner mejor nota si utilizas palabras complicadas. En parte tengo excusa porque sí que es verdad que se pueden expresar las cosas de forma mucho más exacta cuando se utiliza una palabra que está inventada precisamente para hablar de eso. Además, abuso de las subordinadas.

Desde febrero o así tenía una historia en la cabeza que quería escribir. Era demasiado larga como para hacer sólo un relato, así que pensé que tenía que ser una novela. Una novela corta, supongo. Pensaba adelantar bastante este verano, durante el mes de agosto, pero las altas temperaturas y la influencia diabólica del mar (me declaro decididamente de secano) me han convertido en un guiñapo permanentemente cansado y con la tensión (ya de por sí baja) por los suelos. Estoy mucho más por leer que por escribir. Además está eso otro: Mi protagonista es antinatural y he llegado a odiarle un poco. ¿Es que no se puede expresar como una persona normal?, ¿no puede pensar cosas normales?, ¿no puede evitar ser tan endiabladamente presuntuoso? Lo peor de todo es que, cualquiera que leyera lo que llevo escrito y me conociera un poco se daría cuenta de que él y yo somos bastante parecidos, aunque él sea hombre y se llame Manuel. Eso da que pensar. ¿Habré exagerado todo lo que no soporto de mí misma, le habré dado la forma de un hombre y habré creado a Manuel Abreu? Espero que, al menos, compute a todos los efectos como un ejercicio de introspección y búsqueda de mi yo interior.

Volviendo a la naturalidad, hace un par de años, cuando estuve viviendo en Roma, a la vuelta de las vacaciones de Navidad, le regalé a una amiga un libro. Era de una colección juvenil bastante buena de Anaya que se llama Espacio Abierto. El título del libro os sonará aunque no lo hayáis leído, porque luego hicieron una peli en la que el prota era el guapito de Bom Bom Chip. El libro se llama Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero, es de Martín Casariego Córdoba y es bueno, bonito, barato, corto y altamente recomendable. Yo misma estoy dispuesta a prestárselo a los más cercanos, previo depósito de garantía en establecimiento autorizado, reembolsable a la devolución del ejemplar.

Cuando mi amiga lo leyó me dijo: “Linda (ella siempre nos llama así), este tipo de libro es el responsable de que nosotras tengamos en la cabeza todas esas tonterías acerca del amor.” Y luego añadió: “Me ha encantado”.

Ya la dedicatoria es grandiosa y, en mi opinión, eso dice bastante de un libro pero, sobre todo, de un autor. Pondré un ejemplo. La dedicatoria de El penúltimo sueño, de Ángela Becerra, Premio Azorín 2005, dice lo siguiente: “A Joaquín Lorente, porque lo amo”. No creo que sea necesario añadir nada más al respecto. En cambio, la de Y decirte alguna estupidez dice así: “A Isa Ruiz de la Prada, en recuerdo de una noche de tormenta”. La diferencia se aprecia claramente. Y la lectura de los libros no hace sino corroborar las sospechas iniciales.

Supongo que el libro me gustó en su día porque era de amor, y yo lo leí en plenas fiebres de adolescencia romántica profunda. Pero, aún hoy, creo que es uno de mis libros preferidos. Y eso no puede ser ya coyuntural. En realidad, creo que el amor aquí es una excusa para contar una historia, aparentemente anodina, pero con la que la mayoría de la gente no puede dejar de identificarse. Es la historia de un chico, entre los 15 y los 16 años, que va al instituto, que quiere a sus padres y a su hermano aunque a veces (las menos, porque Juan es un buen chico) no le entiendan, al que le gusta el fútbol y salir con sus amigos y que se enamora de una compañera de clase. Sin extravagancias ni exageraciones. Juan Bautista podríamos ser o hemos sido cada uno de nosotros. Entenderéis que, como reina de la cotidianidad, no podía dejarme indiferente.

Y no hay mucho más. Ah, bueno, sí, claro. La naturalidad. Una naturalidad sincera y simple que lo hace atemporal. Juan es sensible, pero no cursi; es reflexivo, pero no pedante; es ingenuo, pero no inconsciente. Es tan humilde, tan majete, tan humano, tan normal, que no tiene el problema de mi insufrible Manuel Abreu. Apostaría a que es prácticamente imposible que a nadie le caiga mal el Juan Bautista de Martín Casariego.

Mi amiga, al referirse a “todas esas tonterías del amor”, quería decir que era casi imposible vivir una historia así. Eso puede ser verdad con la mayoría de los libros que se leen a esas edades, pero no con éste. Una historia como ésta es perfectamente factible en la vida real y, si hiciéramos un sondeo, probablemente mucha gente aseguraría haber vivido algo parecido. Además, el final es relativamente abierto y, generalmente, lo malo del amor es cuando acaba, cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos.

Y ya no digo nada más. No quiero que se me conozca en la blogosfera como la Destripalibros. Sólo un extracto, las primeras líneas, para abrir boca y despertaros el gusanillo. No puedo resistirme.

El amor es una estupidez, lo tengo comprobadísimo. Vuelve a la gente medio estúpida y le cambia el carácter, y a lo mejor le hace más feliz, vale, pero eso no cambia nada, y por descontado que a los que ya son estúpidos no les vuelve inteligentes. Cuando voy por la calle y veo a alguien con una sonrisa bobalicona, pienso, ese tío debe de ser tonto de remate, pero a veces, cuando estoy en plan indulgente, añado para mis adentros: o estar enamorado de remate. Las declaraciones de guerra son aún peores que las declaraciones de amor, de acuerdo, pero eso no quita para que las de amor sean una estupidez. Además, las declaraciones de amor pueden acabar en guerra declarada o sin declarar, como les pasó a los padres de Cortázar.

Comentarios

  1. Buenas!

    Soy un usuario de blogger desde hace muy poco (hoy mismo, jeje) Y me he leido las ultimas entradas de tu blog. Me ha parecido muy interesante, me ha gustado mucho. Desde mi humilde opinion, me encanta la forma que tienes de escribir y expresarte.

    Un saludo!

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  2. Muchas gracias!!! así da gusto escribir! :-D

    Un saludo también para ti, Z, y bienvenido!

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  3. Sí, el amor es una estupidez pero es tan natural que supongo que es consustancial al hombre ser idiota. Y es que, aún con Baudelaire y Miguel Hernández en la cabeza siempre termino yo misma diciendo una estupidez -una gilipollez- como "te quiero".
    ¡Niña! Me ha encantado tu post. Ole y ole y un beso!

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  4. Muchas gracias, nityayang!!!! (qué nombre más complicao...de dónde viene? si no es indiscreción...) ;-)

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  5. Me encantó ese libro. Por la credibilidad..yo también me fijo en eso cuando escribo y puedo borrar mil veces una frase porque "una persona normal no lo diría"
    Llegué desde el blog de MJ y estoy cotilleando^^
    Un beso!

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  6. Pues bienvenida, por supuesto :-D
    Corro a cotillear tu blog!

    Besos!

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  7. Holas linda!!! Pues viene de un libro de Jesús Ferrero, que le lanzó a la fama: BelverYin. NityaYang es su hermana. Cada uno tiene la parte del otro: él la parte femenina de ella; Nitya, la hermosura de una diosa y la fuerza del yang. ¿Por qué lo elegí? Una historia muyyyy larga!
    BESOS mil

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  8. Ah! Gracias por entrar en mi BLOG. Y no, las ilustraciones no son mías :(((

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