Blackout

La soledad está, por lo general, muy mal considerada. Claro que existen dos tipos de soledad. Una es la soledad irremediable y no deseada de la gente que está necesariamente sola, lo quieran o no. La otra es la soledad que se agradece y se busca.

Mucha gente no distingue entre las dos. Siente lastima o desasosiego cuando alguien manifiesta su deseo de estar solo. Ahora que lo pienso, existen pocas situaciones en las que el querer estar solo esté aceptado socialmente. Muchos piensan que es una excentricidad. O que nadie está solo por gusto. Pero, tanto vosotros como yo sabemos que eso no es verdad.

Hay una serie de cosas, verdaderos rituales, de los que uno sólo puede disfrutar cuando está absolutamente solo. Y eso es porque la soledad misma forma parte inseparable de ellos. Os animo a que penséis un poco en los vuestros. A cambio, yo os contaré hoy uno de los míos. Un ritual propio y secreto y que ni siquiera era consciente de que tenía hasta hace apenas un par de días.

Antes de nada quiero advertiros: Los rituales pueden ser de lo más simple y sencillo. Los míos, en concreto, son especialmente poco sofisticados. Generalmente basta con un estado de ánimo determinado, y algo que sirva de detonante de unas sensaciones, irremisiblemente unidas al ritual. Porque los rituales tienen un objetivo, eso está claro. Están pensados para facilitar el sentimiento. Si no se siente nada, eso significa que el ritual ha sido un fracaso.

Pero parece que estoy divagando deliberadamente para no hablar de mi ritual. No sé si lo he contado alguna vez pero, muchas veces, cuando escribo sobre cualquier cosa, me pongo música. Aunque es cierto que en ocasiones pongo el Itunes (que no tengo instalado por gusto, eso os lo puedo asegurar) en sesión aleatoria, la mayoría de las veces elijo la música que escucho cuidadosamente, en función de aquello sobre lo que quiero escribir. De hecho, incluso puedo recordar qué canciones sonaban mientras escribía algún relato o algún post concreto.

La mayoría de esas canciones no me importa escucharlas en compañía. Soy una proselitista de la música que me gusta, mis amigos y familia pueden dar fe, y en cuanto tengo la más mínima ocasión la pongo, bien sea en mi casa, en una fiesta o incluso en un coche. No diré que torturo a la gente porque la verdad es que tengo un gusto exquisito. La última vez que torturé fue hace un par de años ya con un politono y sí, es un juego de palabras.

Entre mis limitadas y discretas rarezas está que me gusta caminar. No se le puede llamar pasear a lo que yo hago, porque el verbo pasear llevar implícito un sentido de contemplación y, básicamente, de lentitud, que yo no practico. Yo contemplo, pero rápido. Me gusta caminar sola, deprisa y con música.

Y por fin me arrastro con dificultad hasta el quid de la cuestión. El otro día andaba por la playa escuchando música y me crucé con mi madre y mi hermana que me pidieron que cuidara de sus aparejos playeros mientras ellas paseaban. Sí, ya lo sé, una introducción tan larga y tan lírica para descender ahora a temas tan prosaicos, estaréis decepcionados. Un poco de paciencia, por favor. Ese día hacía viento, lo que mi madre llama Levante, pero que aquí no es más que un eufemismo. Aquí lo que se desata es una ventolera criminal y traicionera, muy desagradable. Si estás en el agua te empuja hacia adentro y si, por el contrario, te encuentras fuera, la arena de playa, dura, te golpea los muslos mojados de sudor, agua de mar y humedad misma, y se pega a la piel, formando una especie de engrudo con la sal marina, que se adhiere a uno con asombrosa tenacidad. Ese día no se podía estar ni en el agua ni en la arena, así que decidí quedarme esperando en la orilla. El mar, como ya he dicho, estaba bastante revuelto y las olas arrastraban borbotones de espuma sorprendentemente blanca hasta la orilla. El mar no me ha llamado nunca especialmente la atención. Supongo que porque lo conozco desde siempre pero nunca lo he echado de menos. No me ha llamado nunca la atención salvo cuando está revuelto, claro. Me encantan todas esas historias, leyendas y canciones sobre naufragios, desapariciones y criaturas misteriosas en las noches de tormenta.

Y allí estaba yo, de pie, mojándome los pies. Una tía que ante la típica pregunta de ¿mar o montaña? respondería montaña, ensimismada, mirándolo, azul oscuro y encrespado. De repente, me apeteció muchísimo escuchar Blackout, de Muse. Supongo que ya habría pensado en ello antes pero, en ese momento, justo entonces, tuve plena conciencia, casi como en una iluminación (si es que se despachan iluminaciones para cosas tan triviales), de que esa canción me encanta. Es una pista bastante larga, dura exactamente cuatro minutos y veintiún segundos, pero la escuché al menos tres veces. Más de doce minutos allí plantada, sola, pensando nada más que en lo mucho que me gusta la canción y en lo bonito y peligroso que parecía el mar. En algo así debe de consistir el estar en paz con uno mismo. Fue entonces cuando me di cuenta de que nunca he escuchado Blackout acompañada.

PD: Por supuesto, mientras escribía y revisaba este post escuchaba Blackout. Sola y solamente.

Comentarios

  1. Pues oie, a quien no le gusta quedarse a solas y escuchar a Muse?? jejeje, fuera de coñas. Hay que saber distinguir las soledades como bien dices. Un momento en plena soledad "autista" como yo digo, viene genial para volver a la civilizacion jeje.

    Un saludo!

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  2. Muse mola!!! Un saludo y gracias por pasarte!!!

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  3. yo busco las canciones que me apetecen escuchar. Suele ser una o dos entre mil. Si por error suena otra me pongo muy nerviso, me agobio. Cosas mías....

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  4. Pues yo necesito estar a solas conmigo mismo frecuentemente. La gente no lo entiende però me la frega un cazzo.

    Yo soy lo opuesto a ud y echo de menos el mar cuando estoy mucho tiempo lejos de él. Este año especialmente. Me encanta cuando alguien me dice: yo soy de montaña. Que la respuesta facil es caer en q te gusta el mar, supongo. Es mas facil de defender.

    A lo que iba, hay canciones que tengo que pasar en el segundo 2 en cuanto suenan en el coche, otras que solo las escucho cuando voy con el mp3 por la calle y otras solo se pueden escuchar en la mas absoluta soledad que si alguna vez hay alguien presente es como que no tiene sentido escucharla. Gracias por hacerme ver que no estoy solo en este universo respecto a lo arriba comentado XD

    (prometo no escribir tanto la proxima vez)

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  5. Jajajaja, W. puedes escribir todo lo que quieras. Nunca he entendido lo de que haya gente a la que le moleste que le pongan comentarios largos, ¿les quitan el protagonismo o algo así? Puede escribir ud, cuanto guste.

    En cuanto a Mr. C.S., ¿no sería la vida aburridísima sin esos "cosas mías"?? como que le dan más emoción. Volví a escuchar la canción nueva, y no creo que haya insistido lo suficiente en todo lo que me gusta :-D

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  6. Fantástico Amanda.


    Genial.


    Sí,ya sabía que suceden esos momentos,de su existencia,de hecho (hablando del Levante será una playa mediterránea) sino en el mismo pero sí en similares circunstancias habremos coincidido en el tiempo frente al mar,solos entre dos sonidos,el suyo y el de la música.Y/o frente al mar como en cualquier de los tópicos y no tópicos sitios en donde la cita con esa variante de soledad tiene lugar.
    Pero es que leertelo era como vivir ese momento,a solas,yo y tu texto,y por supuesto sonando Dan ar braz.

    Un abrazo

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  7. Sí... " :-O " jajaja! me gustó mucho lo que escribiste así que decidí hacer un enlace en el blog que acabo de crear(y no sé ultilizar del todo bien aún)
    He decidido dedicarme de lleno al blog despues de haber "destruido!" todas las cosas inútiles que creé en el internet a lo largo de mi vida... u_U'
    En fin...

    Saludos Amanda! y un abrazo donde quiera que esté...

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