De Funny Games y de pinturas

Ayer fuimos a ver la película esa que es un remake de una austriaca, Funny Games. No sé si fue porque el Kinépolis me parece poco acogedor, o porque realmente es la película más angustiosa que he visto en todos los días de mi vida, el hecho cierto es que salimos a la hora de que hubiera empezado. Creo que es la segunda vez en mi vida que hago algo así, y la primera no fue por voluntad propia, sino por verdadera fuerza mayor y ajena a mí por completo.

En cuanto llegué a casa me conecté a internet y me puse a investigar, a ver si encontraba un buen Spoiler que satisficiera mi curiosidad, porque una cosa era no estar allí sufriendo y otra muy distinta no saber el final. Hasta que encontré uno medio decente leí muchas críticas sobre la película tratándola, tanto de obra de culto, como de burla a los espectadores. Cosas del destino, parece que la mejor parte, y, por ende, la que más congoja produce, es la primera hora, justo la que vimos nosotros. Luego la cosa empeora lo que, en nuestro caso, igual hubiera supuesto mejorar, en vez de volver a casa con las peores escenas bien frescas y sin certezas acerca de cómo terminaban los dos jóvenes psycokillers. He leído hasta comentarios de gente que decía que se había aburrido. Yo me pase todas la hora con las manos en la cara mirando a través de los huequecitos que quedan entre mis dedos, tal y como suelo hacer. Y se me hizo una hora eterna, pero creo que no por aburrimiento.

De vuelta en el coche, aparte de cerrar con seguro todas las puertas como simple medida de seguridad, estuvimos hablando sobre historias de terror y sobre situaciones del pasado en las que tampoco habíamos destacado por nuestra valentía precisamente. Me acordé de las historias de miedo que nos contaba mi prima mayor en el campo. En concreto una sobre un cuadro desasosegante y bien malo, supongo que pintado por algún familiar lejano y ya difunto (lo que le confiere un carácter más lúgubre aún) y que, en consecuencia, no se puede simplemente tirar a la basura, sino que lleva expuesto en una de las habitaciones desde que yo recuerdo, y supongo que allí seguirá indefinidamente. El cuadro representa una especie de paisaje, con un puente y un pueblecito a lo lejos. Un campesino con un burro parece dispuesto a cruzar el puente para llegar hasta el pueblo. El cuadro, como digo, destaca por su extrema fealdad y sus colores desagradables. Tampoco la perspectiva está muy lograda con lo cual, tanto el campesino como el burro, son algo más grandes de lo que deberían ser, de forma que parece que están un poco superpuestos sobre el lienzo. Ya os podéis hacer una idea. Mi sádica prima nos contaba, regodeándose en los detalles más aterradores, cómo, si te despertabas en mitad de la noche y mirabas el cuadro, podías ver al campesino parado a distintas distancias del pueblo, a lo largo del puente. Pero, invariablemente, a la mañana siguiente, el campesino estaba en el mismo sitio de siempre, al principio del camino.

Ignoro si mi prima lo había hecho antes que yo, pero, años más tarde, leí Las Brujas, de Roald Dahl. Y eso ya me garantizó un temor reverencial hacia los cuadros durante toda mi infancia, y un respeto heredero de aquél aún hoy.

Precisamente, en un pasaje de este libro, casi al principio, la abuela le cuenta a su nieto la historia de una niña que llegó un día del colegio comiendo una manzana que le había dado una señora muy amable. A la mañana siguiente, sus padres descubrieron con horror que la niña no estaba en su cama. Buscándola por todos lados finalmente se dieron cuenta de que había pasado a formar parte de un cuadro que tenían colgado en el cuarto de estar de su casa, y en el que, hasta ese momento, tan sólo había unos patos y una casita de campo. La niña iba trasladándose dentro del cuadro (daba de comer a los patos, miraba desde la ventana de la casita) pero siempre permanecía quieta cuando la miraban desde fuera. Además, la niña iba cambiando, envejeciendo con el paso de los años. Hasta que, finalmente desaparece.

En el pasillo de mi casa en mi ciudad natal hay una serie de cuatro láminas que creo que le regalaron a mi madre con alguna revista de decoración. Representan las cuatro estaciones. La que corresponde a la primavera me ha parecido siempre especialmente inquietante.

Comentarios

  1. Me acabo de acordar del cuadro de Phoebe en Friends, aquél del que salía una figura rara como hecha de plastilina... Muy mal rollo los del cuadro atrapapersonas. A mí en especial me genera desasiego Los Cuervos de Van Gogh. Bueno, y el afán pictórico de mi hermaaana cuando era poequeña. Sólo pintaba una casa, con un árbol a la izquierda y un camino. La maestra se preocupó y todo, porque era una tema recurrente. Pero lo mío era peor, pintaba niños con las manos enormes, como manojos de plátanos. En fin, eso podría explicar que me haya puesto a opositar. Amanda, ¿tú q solías pintar de pequeña? Besos

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  2. de todas las historias de las que hemos hablando en la ultima hora, sigo diciendo q la mas fuerte es que os fueseis del cine!!! :D

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  3. Vale. Me has obligado buscarte el trailer:http://es.youtube.com/watch?v=76MHAr4_2Jg&feature=related
    Es más, me la voy a bajar y la vamos a ver aquí, en casita, y vas a ver lo aterradora que es.

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  4. Ya la primera versión conseguía ese bien tan preciado en las pelis de terror llamado miedo.
    Y una antipatía enorme hacia los"malos"de la película :) Lo cual indica que bordaban el papel.
    No me había fijado en el almanaque hasta que reparé en el tras leer tu entrada. Es como un tunel que a cada hoja del mes que pasa se hace más y más profundo hasta que... bueno esperaré a diciembre para saberlo :)
    Mira que si no hay salida :o??

    Un abrazo!

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  5. Yo también la vi...y en verdad también pasé un rato horroroso. Y por cierto el libro de Roald Dahl era genial, que recuerdos.

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