Cartas veraniegas


Cuando era más joven era muy aficionada a escribir cartas. Todos los veranos escribía varias a unas cuantas amigas fieles, a algún amigo que sabía que sí que contestaría y, quizás, a algún novio. Es curioso que los veranos de mi adolescencia estén desperdigados por ahí, en las “cajas de cartas” de gente. Por ejemplo, toda la maravillosa historia de mi primer novio está en poder de Marina.

Me propongo llamarla para que me lo confirme y me haga, por teléfono, un esbozo de los detalles que no recuerdo. No de los comprometidos. En esa época no los había. Todo era deliciosamente inocente. Me dará un poco de vergüenza ver cómo me expresaba y cómo sentía hace tantos años. Pero, en cierto modo, supongo que será alegremente nostálgico recuperarme sin escepticismo. Desgraciadamente no está en casa. Dejo recado de que me llame cuando vuelva.

La memoria es algo asombroso. Creo que puedo reproducir todo el iter criminis precisamente por haberlo escrito en el pasado. Si empiezo a pensar en ese verano me veo a mí misma en un autobús, en el asiento de la ventana. Veo campos verdes, tan en contraste con los ajados campos extremeños de la sequía de esos años. Percibo una cierta melancolía. No es una edad fácil. Puede que ese verano leyera El Guardián Entre el Centeno. Recuerdo haber hecho propósito de regalárselo a mi primer novio por su cumpleaños. Pero nunca llegué a hacerlo. Me hubiera gustado. Uno siempre se acuerda de quién le regaló un libro así.

Yo debía de ser de las mayores del grupo. El año anterior había estado en Hastings con dos de mis mejores amigas del mundo mundial, y la verdad es que no sé muy bien cómo me decidí a irme otro año más, recién cumplidos los 16 (que ya no es edad de Inglaterra ni de nada de eso) yo sola a la aventura, sin el apoyo de ningún conocido. Igual a vosotros no os parece tan sorprendente pero, en esa época, no se puede decir que fuera un dechado de sociabilidad. De hecho, recuerdo perfectamente que, cuando mi madre vio las fotos de ese verano (convenientemente censuradas aunque, en realidad, no había nada que censurar), exclamó con asombro y esperanza “¡Pero si pareces super integrada!”. No saben las madres lo que nos marcan con esas frasecitas aparentemente inocentes. Ahora se lamenta porque mi hermana no ha leído un libro en su vida.

Recuerdo un partido de rugby, y un placaje implacable. Ese año pusieron “My Heart Will Go On” hasta la saciedad. Me da la risa. Yo era mojigata y adorable a mi manera. La hermana de Britney Spears ya está embarazada y yo casi que debía de haber dejado de jugar a las barbies el año anterior. La mayoría de las niñas ya no son como era yo entonces. No sé decir si eso es bueno o malo.

Recuerdo un cuadro, muy oscuro, casi un poco gótico, y el sabor de mis primeros cigarrillos. Es casi dramático empezar a fumar precisamente en Inglaterra, donde el tabaco era ya entonces tan indecentemente caro. Comprábamos cajetillas de diez. Ese año estaba obsesionada con un disco de Sabina, el de “Física y Química”. En concreto con dos canciones: “A la Orilla de La Chimenea” y “Amor se Llama El Juego”. También fue el año de ese glorioso recopilatorio de Bryan Adams, “The Best of Me”, y del “Breathless” de The Corrs. Aún puedo escuchar todas esas canciones sin necesidad de exorcismos de ningún tipo, así que supongo que fui afortunada.


Hace un tiempo escribí un post (debe de ser mi post más inspirado porque, últimamente, todo el rato me refiero a él) dándole las gracias por el tipo de persona que era a un individuo. Parece que le debo agradecimientos a más gente. Y, en este caso concreto, sin ningún tipo de acritud. No rollo "gracias a ti aprendí una gran lección acerca de la vida". Más bien algo como "gracias a ti añadí otro buen recuerdo a mi lista de buenos recuerdos". No todo van a ser quejas y desengaños.

Comentarios

  1. Es curioso que ese tipo de cartas siempre las guarde alguien y no tú misma. Me pasa lo mismo. Supongo que confiamos en que, los que bien nos quieren, nos aceptarán como éramos y dejamos de ser, aunque nosotros mismos nos avergoncemos y, una vez cada equis años, nos dé por echar la vista atrás :)

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  2. Ahora mismo comentaba con mi amiga (la que tiene la carta)que deberíamos haber hecho fotocopias de todas las cartas que mandamos. En cualquier caso, ha prometido escaneármela y enviármela :-D

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  3. yo en el verano del 96 no sabia lo que era vida y me pasaba jugando al tenis toooooooooodo el dia...

    q dulce ingenuidad!

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  4. Todavía no sabes lo que es la vida, pipiolino :-p

    Todo ésto fue el verano de 2000. Yo, para perder la ingenuidad, no he sido nada precoz.

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