El Interior del Bosque

Eugenio Fuentes afirma que leer es un noviazgo entre lector y autor. Este es el titular de una noticia que encontré rastreando en la web a mi nuevo escritor extremeño favorito. Antes este preciado título correspondía a Javier Cercas, no por su “Soldados de Salamina”, libro que ni siquiera pude terminar de leer, sino por “El móvil”, desasosegante y magistral, una de las mejores novelas cortas que he leído nunca; por “En el vientre de la ballena”, con esa obsesión tan absurda, que llegaría a resultar cómica si no fuera porque es trágica; y por “La velocidad de la luz”, tierno y terrible.

Sin embargo, al gran Javier Cercas le venía faltando lo que Eugenio Fuentes me ha dado. Durante todo el tiempo que he estado leyendo el libro, y no sólo en los ratos en los que efectivamente lo hacía, sino durante todos los días que he tenido el libro en mi mesilla, o lo he llevado en el bolso, o lo he sacado en el metro, e incluso ahora, he sentido (siento) una especie de vínculo. El vínculo que se siente cuando se sabe que, aunque todo el mundo puede apreciar la genial elaboración de la trama, el correcto uso de las palabras, esa forma de mantener la intriga hasta el final, pero dando pistas al lector para que éste pueda elaborar sus propias hipótesis, e incluso atisbar el desenlace, sin certezas, sólo un extremeño, de nacimiento o adopción, puede entender el gran mérito que supone haber creado un territorio que es toda Extremadura sin ser ninguna población de ella. Una Extremadura tan reconocible para todo extremeño precisamente por ser tan poco tópica.

Y es que Eugenio Fuentes localiza la mayor parte de su obra en Breda, un territorio ficticio de cuya ubicación habla en un texto que he encontrado en uno de mis múltiples paseos por el ciberespacio:

“¿Dónde está Breda?”, me preguntan a menudo. Breda es una síntesis del paisaje del norte de Extremadura, si bien los componentes ficticios de su orografía impiden su localización exacta. […] Si tuviera el poder de elevarla por los aires, sé el paraje exacto donde la colocaría: es un lugar ambiguo, y desde su génesis intenté que contuviera una dimensión moral que reflejara la propia condición humana, que siempre anda a caballo entre el resplandor y la penumbra, entre el bien y el mal, entre las cumbres y el abismo. En Breda, a un lado está la sierra, al otro el llano; a un lado se alza el bosque, al otro el cereal; a un lado habita el jabalí, al otro la paloma, a un lado crece la zarza, al otro la amapola; a un lado hay agua, al otro su carencia. Breda se aleja por igual de una Extremadura llena de verdes melindres como de aquella otra de exclusivo color amarillo que los escritores regionalistas del primer tercio del siglo XX describieron: una región parda, seca, pobre, doliente e inmovilizada en una especie de eterno verano telúrico.

Es curioso que de una novela que no hay duda que se podría calificar como de intriga y asesinatos, una novela negra en toda regla, lo que más me llame la atención sea esa forma de describir una Extremadura tan alejada de todo lo que la gente imagina. O de lo que yo pienso que imaginan, supongo que contaminada en mis intuiciones por preguntas (verídicas, lo juro) como “¿y en Cáceres hay Zara?, ¿y tu padre es pastor?”. Eugenio Fuentes describe los olores del campo, de las casas, los gestos, las encinas, la lluvia, de una forma tan realista, tan como yo los recuerdo, que todo el rato era como si estuviera allí. Si Ricardo Cupido entraba en una habitación y se fijaba en un mantel, y en unas moscas alrededor de unas migas de pan, yo veía ese mantel, y esas moscas, y esas migas. Y eso no tiene nada de particular. Es decir, eso sólo prueba la pericia del autor, y no esa supuesta vinculación que yo digo que hay entre todo extremeño y este libro. Y eso sería cierto, si no fuera porque yo veía lo que Ricardo Cupido estaba viendo, pero también recordaba ese mantel, pero distinto, sobre otra mesa, visto en otro tiempo, pero en un lugar tan parecido que no me atrevería a asegurar que no fuera el mismo, y me llegaban olores que el autor no describía, pero que casaban con la imagen, la que el autor pintaba, pero enriquecida con más detalles, directamente tomados de mi memoria.


Surgido como una necesidad de definir un territorio propio- geográfico y moral- donde dar rienda suelta a los personajes imaginados, Breda ha sido al mismo tiempo una residencia en la tierra y una fuga. Digo una residencia porque me ha permitido dar fe del mundo que me rodea, de lo que he visto y recuerdo, o de lo que creí ver y el tiempo y las trampas de la memoria han convertido en certeza. Y también digo fuga porque dicho mundo tiene una fuerte influencia rural de la que, sin embargo, siempre me han disgustado los aspectos más folclóricos y pintorescos, los más apegados al terruño, a las anécdotas costumbristas, a los refranes o al habla popular. Si de algo he huido ha sido del casticismo, de ese realismo arcaico que sólo es una mutilación de la realidad.

No sé si será añoranza de la tierra o qué. Tampoco sé si os convence mucho un libro que parece que sólo me ha gustado porque habla de algo que identifico como mío. En cualquier caso eso no es verdad. El libro me hubiera gustado mucho aunque se hubiese desarrollado en Cuenca porque es un libro genial, con unos buenos personajes y un buen ritmo. Pero sí que es cierto que supongo que no estaría escribiendo este post si no fuera por esa descripción tan nítida, tan veraz y tan original al mismo tiempo de una tierra de la que casi nadie que escriba libros habla.

Comentarios

  1. Extremadura qué maravilla... Aúpa Cáceres 2016 Capital Europea de la Cultura (sólo por la Torta del Casar merecería ganar la candidatura) Un abrazo vecina.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares