Fotomatón

En mi uni, que es como un cole, nos hacen entregar a primeros de curso unas fichas con nuestro teléfono, nuestra dirección, nuestros nombres y, por supuesto, con una foto.
Si al hacerte una foto ya tienes un riesgo bastante elevado de salir mal (los fotogénicos no lo entenderíais), la probabilidad tiende a uno cuando te la haces en un fotomatón. Por algo se llaman fotomatones, aunque este sea un chiste muy manido y bastante pueril. No sólo tienes que pagar más de tres eurazos por unas fotos en las que sabes que saldrás con cara de yonqui, con las ojeras pintadas al carboncillo y los granitos de la frente realzados por esa favorecedora luz de flexo de morgue que te ciega agradablemente con el primer fogonazo, sin darte casi tiempo a colocarte después de haber metido las monedas en la ranura ad hoc.
Yo, que sé que el mundo es cruel, y la vida dura, intento limitar al máximo las experiencias poco gratificantes. Por eso, a principios de curso, o más bien en noviembre, cuando ya he aterrizado un poco en el mundo real, me dedico a revolver cajones, buscando fotos aceptables que poder pegar en las fichas. Evidentemente, llega un momento en el que ya no me queda más remedio que hacerme fotos nuevas. La cosa es que, si tengo suerte y hay fotos, tengo que pasar, en cualquier caso, por el mal trago de hacer una retrospectiva, a veces de varios años incluso, por mi pasado fotográfico relativamente reciente. Muchas fotos son claramente desechables, como esa para la que se me ocurrió ponerme un pañuelo de esos que se llevaban antes y que vendían a 200 pesetas en los hippies y en la que parezco una irlandesa convertida al Islam de Al-Qaeda (primero convertida al Islam, y luego militante de Al-Qaeda, se entiende), o esa que nos hicimos después de que nos maquillaran gratis en El Corte Inglés, en la que miro a la cámara cual nínfula motera, con esa chupa de cuero negra que me gustaba tanto. Otras, en cambio, son muy convencionales, y perfectamente válidas.
De momento nadie se me ha quejado. Es una de las ventajas de ser una no muerto incorruptible, que pasa el tiempo y una no cambia.

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