Mercado de Fuencarral

Ayer entré en el mercado de Fuencarral por primera vez en todos los días de mi vida. Esta experiencia me ha perturbado terriblemente.

De hecho, he de confesar que, hasta este año, pensaba que Mercado de Fuencarral se llamaba a todas las tiendas que hay en la calle Fuencarral, agrupadas bajo ese nombre en general por tratarse de un lugar en el que, básica y primordialmente, se compra.

Si he de ser sincera y, aún a riesgo de herir susceptibilidades, entrar ahí fue como entrar en el Stradivarius de mi patria chica, sustituyendo la música chungomachacona por un rollo musical más modernillo,a veces más místico, a veces más Muse.

Siempre he sido más bien indecisa a la hora de comprar, y más si se trata de cosas originales y atrevidas. Según me dijeron, la filosofía del Mercado de Fuencarral es que las cosas que compres las lleve el menor número de gente posible, para que así tú puedas ser el más cool del lugar (el que sea). En su propia definición está el quid de mi fracaso. Para alguien como yo y, según creo, como el común de los mortales que, básicamente se dedica a comprar cosas que le han gustado y que ha visto en otra gente (a copiar, vaya), fue bastante terrible entrar en un lugar en el que todo lo que había no se lo había visto puesto nunca a nadie y, además, se suponía que todo era tendencia. Cualquier cosa podía ser una buena opción, pero camuflada bajo su apariencia de "terriblemente caro para lo que es" o "terriblemente caro", a secas.

Mi atención vagaba, delirante y sin control por todo el mogollón de ropa, complementos y cosas, en definitiva, que anegan las pequeñas tiendecitas. Mi cerebro no tenía tiempo de procesar la información antes de pasar al artículo siguiente: "me gusta, no me gust, me gus..., no sé si me..., pero qué coño es eso?" y así. La música y los colores estridentes no contribuían precisamente a calmar mi ánimo, ni a ordenar mis ideas. Todo ello a rebujo con la presión interior de mi conciencia con tendencias BoBas: "estás en el Mercado de Fuencarral, por dios que tienes que comprarte algo".

En un momento dado, que no puedo concretar, mi sentido común se manifestó en toda su magnitud e hice un comentario muy ofensivo acerca de un espantoso bolso dorado y, si no fuera porque estábamos en el Mercado de Fuencarral, yo diría que bastante cutre, con la cara de Frida Kahlo. Pondría la mano en el fuego porque también era indecentemente caro. Fue algo así como "no llevaría ese bolso aunque mi vida, y la vida de todos mis seres queridos, dependiera de ello". A partir de ese momento dejé de luchar. Me rendí a la evidencia de que me iría de allí con las manos vacías.

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