The show must go on...

Llegué ayer apenas de mis mini-vacaciones, y me bastó la tarde dominguero-televisiva, perezosa y absolutamente improductiva para entender, con gran alegría de mi corazón que el finaaaaalll del veraaano, llegóóóó. Si no tengo vacaciones yo, pues que no las tenga nadie, ¿o no? El caso es que está mañana me he levantado con unas ganas enormes de empezar una colección de dedales, construir una casita de muñecas por fascículos, o estrenarme en el noble y español arte del punteo de guitarra. He pensado que, en vez de perderme en brazos de la desesperación, esperando con ansia el verano que viene, entregarme a la bebida y a los excesos los fines de semana para intentar consolarme de mi gris existencia o dedicarme a las compras compulsivas, voy a intentar interpretar los flujos de energía de tiempo y espacio en la naturaleza para asegurar la armonía de mi hogar, y aprender a dirigir el chi o aliento vital, en función de mis intereses. Y es que confío plenamente en que, entre el feng shui, un curso de aprender a pintar en dos patadas, y la colección de orinales de época que voy a empezar, seré capaz de llenar de sentido mi vida, de ilusionarme con nuevos proyectos que espero dejar colgados en cuanto se me pase esta horrible desazón de fin de fiesta. Me siento como un niño, obligado a volver al cole, y que se chuta inhalando el olor de los cuadernos nuevos, de los residuos que deja la goma de borrar, y del serrín de después de sacarle punta a los lápices.
Esto de las mini-vacaciones es una burla inhumana.

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