My way


Una de las desventajas más evidentes de trabajar, es la limitación, hasta un grado que se nos antoja casi ridículo a los ex-estudiantes, de las vacaciones. Lo que antes eran tres meses de ocio, con tiempo más que de sobra para el ritmo acelerado de las noches veraniegas, con sus correspondientes horas desaprovechadas navegando entre las felices brumas de la resaca, la lectura sosegada, los viajecitos, e incluso el bendito tedio, se convierte, casi sin avisar, en una marabunta, un frenesí, una carrera continua, intentando aprovechar al máximo, el poco tiempo del que disponemos.


Siempre me ha molestado muchísimo esa idea tan extendida y tan puñetera de que hay que optimizar el tiempo, obligarse a salir de marcha, a hacer millones de cosas, casi a sentirse culpable por cada minuto o segundo desperdiciado en, simplemente, no hacer nada de nada. Esta filosofía, una evidente corrupción del carpe diem, conduce a la frustración a millones de seres que, como yo, reivindican su derecho a aburrirse en paz. La sociedad, pervertida por ese ideal de vida apasionante, entusiasta, activa hasta la extenuación, azuza, enrabietándolos, y engorda, acrecentándolos, nuestros sentimientos de culpabilidad, y genera en nosotros remordimiento si dedicamos mas de los 20 minutos indispensables para poder aguantar toda la noche, con un poquito de ayuda adicional del redbull, a la cuasi-sacra siesta.


Hace dos días, alguien me dió una definición que yo considero genial de lo que deben ser las vacaciones. Decía que no quería que nadie viniese a perturbar su paz, que venía a ser, básicamente, hacer en cada momento lo que le diese la gana. Nada de salir hasta las 7 de la mañana y volver con los zapatos en una mano, los pendientes en el bolsillo y el cubata menguado en la otra, haciendo autostop desde las discotecas de la playa hasta tu casa, simplemente porque eso es lo que se espera que haga uno cuando se va a la playa. Nada de madrugar para aprovechar desde el primer rayo mañanero del sol mediterráneo hasta el último, con inclusión de las horas del mediodía, para poder llegar de la semana de vacaciones playera con un envidiable bronceado y unas cuantas papeletas para un estupendo cáncer de piel, como si del sorteo de verano de la ONCE se tratase.


Supongo que es difícil conciliar esta idea de "verano a mi bola", con la necesidad que tenemos también de almacenar experiencias, suvenirs y fotos de nuestras vacaciones, que nos ayuden a sobrellevar con dignidad y un ápice de esperanza, el duro y frío invierno. Por eso, desde aquí propongo una alternativa pero, en ningún caso, a modo de imposición o Angieconsejo. Filosofía "My way".


Yo sé, porque lo sufro, que en muchas oficinas en verano no hay mucho que hacer. Pero también sé, porque soy una de las damnificadas, que algún pardillo tiene que quedarse haciendo guardia mientras otros, más afortunados, se piran de veraneo. Por eso, os recomiendo que leáis este reportajillo de El Mundo, que da algunas ideas sobre como tener una existencia más excitante.


Así podréis descansar en verano sin que vuestro Pepito Grillo os dé el coñazo. Al menos por esto. En lo demás, allá cada cual con su conciencia.


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