Palabras

La Vallés es siempre una fuente inagotable de inspiración. Muchas de las teorías que ahora esgrimo casi como dogmas de fe tienen su germen en alguna conversación con ella (o incluso es suya la autoría).

Hoy, hablando con ella, se me ha ocurrido de repente la cantidad de formas, distintas de la convencionales, de llamar a las cosas o a las personas que inventamos. Y no es que porque seamos super originales ni nada. La mayoría de las veces es simplemente porque nos da pereza recordar el nombre real del objeto en cuestión. Por ejemplo, llamar al pendrive o memoria usb "pichucho" es mucho más cómodo, económico lingüísticamente y además no favorece la difusión y consolidación de anglicismos; directamente utilizamos una palabra que no existe en ninguna lengua. Así, podemos preguntarle a un compañero "¿te has traído tu pichucho?" o sugerirle cosas como "métete esto en el pichucho", dando lugar a un sinfín de graciosos malentendidos, posibles juegos de palabras y creando un clima cómico y de cercanía que (está comprobado por psicólogos y tíos de recursos humanos) favorece el trabajo en equipo.

En relación a la economía linguística, uno de mis grandes descubrimientos, cortesía de Percomo, fue, hace ya unos años el verbo"aquelar". Sirve absolutamente para todo y en todos los contextos: "aquélame eso", "¿qué haces? pues aquelar". Es como un verbo inglés, le pones lo que sea delante y detrás y ya significa cualquier cosa.

Pero, no nos engañemos. Otras veces nuestras motivaciones, lo que espolea nuestra creatividad, es algo mucho menos digno que la mera vagancia. A veces descargamos nuestro rencor, ira o desprecio contra alguna persona (sentimientos muy feos y poco recomendables que no tengo autoridad moral para condenar) en forma de mote. Mote "cariñoso". O, bueno, a veces son cariñosos sin comillas ni nada, en plan inocente, sin malicia. En ocasiones, el mote va a continuación del nombre, pero otras lo sustituye. Y, un día, nos encontramos presentando a dos personas, intentando recordar sus nombres reales, mientras sus motes se erigen como únicos nombres posibles en nuestras mentes malévolas. Y nos lo hemos buscado. Por malos.

Yo creo que toda esta "producción linguística" es enriquecedora, y favorece la cohesión en los grupos a través de la complicidad de los secretitos compartidos. Además, si en los restaurantes modernetes llaman "lágrimas de chocolate en lecho de crema inglesa" a cuatro trufas con natillas, ¿por qué no puedo yo llamar a las cosas como me de la gana?

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