Gaudeamus igitur...

¡Qué emoción, madre mía! Qué solemne cuando subieron todos los profesores, tocados con esos aparatosos (aparatosos, no ridículos) gorritos, y el rector dijo con voz grave: "¡descúbranse, doctores!

Me pasé toda la ceremonia pensando que, al ir a subir los escalones para la imposición de la banda, me iba a piñar, y luego lo iban a poner como tomas falsas cuando subieran el video a la web de la Facultad. Pero creo que la alfombra tenía algún tipo de adhesivo, a prueba de resbalones y zapatos homicidas. Y eché en falta el foco, siguiéndome durante todo el camino desde mi asiento hasta los escalones. Y los vítores y aplausos. Y el público enfervorecido, aclamándome y gritando a coro mi nombre (que mi trabajo me ha costado terminar la carrera). Pero, mejor así. Aplicando la ley de Murphy, si todas estas circunstancias se hubiesen dado, nada me hubiera salvado de romperme los dientes contra el suelo. Y además seguro que se me hubiese subido la falda del vestido y un primer plano de mis bragas hubiera aparecido al acceder a la intranet, a modo de trailer del video de graduación.

El ágape, o vino español estuvo bien, aunque yo intenté limitar al máximo el consumo de líquidos, porque el dolor de mis torturados pies y los tacones hundiéndose como púas de escalada en la hierba, no contribuían a mi libertad de movimiento precisamente, y el baño estaba lejano. Más de una vez algún gentil caballero tuvo que agacharse a rescatar mi zapato, arrancándolo de la hierba cual Excalibur rebelde, mientras yo aguardaba, cual Cenicienta paciente.

Un testimonio gráfico para ilustrar este acontecimiento: Foto de la fiesta de graduación del viernes noche. Artística y conceptual (sea lo que sea lo que eso signifique).


Yo soy la de los lunares.

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