De "salva a la porrista" y "love is overrated"


(Siguiendo las estructura de las entradas de mi queridísimo Coyote...) Hoy podría hablar de lo buenísima serie que es Héroes, de mi gran adicción a ella y de la gran frustración que me produce el haberme quedado a la mitad del capítulo 9 y no tener posibilidad, a corto plazo, de terminar de verla, y de las pocas ganas que tengo de que nadie me la destripe, o me diga que los mejores capítulos son del 10 en adelante. Pero no voy a hablar de eso.

A raíz de mi nuevo vicio confesable he aprendido muchísimas cosas. Grandes expresiones que utilizaban mis amigos y que yo no comprendía antes de conocer a Peter Petrelli y a la gran Nikki Sanders. Y me he dado cuenta también de cuan cruel es la teleadicción. Me he recordado a mi misma siendo excluida cual paria de la sociedad de la conversación en un grupo de amigos que me prestarían dinero sin dudar y sin preguntar para qué lo quiero, organizan gabinetes de crisis comprando toneladas de chocolate cuando lo necesito e incluso me esconderían en sus casas si fuese una presidiaria fugada, pero que no pueden evitar hablar de la serie que les obsesiona (y que yo no veo) aunque yo esté presente.

Así, lo que debería ser una simple alternativa de ocio, algo a lo que dedicar tu tiempo libre, una serie que ver en la tele mientras cenas, se convierte en una especie de actividad socialmente preceptiva, cogente, necesaria, para poder integrarte en un grupo con todos los derechos y con plena capacidad. Héroes es una herramienta social, un arma frente a los silencios incómodos en conversaciones con desconocidos y una fuente de bromitas cómplices y frases hechas en tu grupo habitual. Te evita el tener que quedarte con cara de nomeenteronidelnodo mientras te quitas la roña de detrás de la oreja con la uña del dedo índice y los demás hablan como loros de lo bueno que está Isaac Mendez.

Seguro que alguno de vosotros no ve Héroes, ni sus amigos tampoco (alguien, cuyo anonimato respetaré para que no sea tachado por adictos intolerantes de bicho raro, me confesó hace poco que ni siquiera había oído hablar de la serie...), lo que desprestigia ante sus ojos toda esta disertación mía de la crueldad y la discriminación intrínseca que se esconde en cada serie televisiva. Pero extrapoladlo a cualquier otra. Si tienes la mala pata de que no te guste o no tengas posibilidad de ver la serie por la que suspiran la mayoría de los miembros de tu colectivo será mejor que le pongas solución o asumas tu posición de desheredado. No lo notarás de un día para otro, pero poco a poco te sentirás desplazado. Primero intentarán no hablar de ella cuando estés tú, después te pedirán que no escuches o que te retires un momento para no desvelarte sorpresas de la trama, confiando en que tarde o temprano recapacitarás y la verás. Finalmente no podrán aguantarlo más, y hablarán de ella delante de ti sin tapujos. No les culpes, la tentación es muy fuerte. Yo misma me he sorprendido gritándole al ordenador porque no se terminaba de bajar el capítulo 8 e imaginando que un ente malvado y superior manipulaba el tiempo restante para que siempre quedasen 4 minutos, pero nunca bajase de ahí. Y eso sólo habiendo visto 7 capítulos. No quiero ni imaginar los crímenes contra la humanidad que sería capaz de cometer ahora mismo por terminar de ver el capítulo 9.

Todo esto me recuerda lo mal que lo pasaba uno en el recreo en el patio del cole si había tenido la mala fortuna de no haber podido ver el capítulo de esa semana de Compañeros, y cómo era el rey el niño que había conseguido burlar la vigilancia paterna y contaba quién era la que había enseñado las tetas la noche anterior en Crónicas Marcianas. Y aún hay gente que se preocupa porque dice que estamos madurando... Yo, con respecto a eso, estoy totalmente tranquila :-p

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