Los tímidos están infravalorados

El otro día la Vallés y yo íbamos de camino hacia el metro, hablando de la timidez, y ella me dijo esto. Y, como acabábamos de salir de un examen interminable (yo lo achaco a eso), nos pusimos a divagar un rato sobre la gran verdad que se esconde detrás de esta simple frase. Sí, señores del jurado, los tímidos son una categoría humana infravalorada. Piensen si no en cuando le hablan a la gente de personas que no conocen. Si esa persona a la que se refieren es simpática, dicharachera, alegre, locuaz y extrovertida ("aprende sinónimos con Amanda") eso será casi lo primero que comenten. Casi lo primero, porque lo primero será si es o no atractiva. Incluso en el caso de que la persona sea un callo malayo, si a uno le ha caído en gracia, siempre tenderá a justificar su repugnante aspecto con un "bueno, pero es super simpática". Y, hombre, esto no es la panacea, pero al menos tiene un pase. Porque si uno, además de feo es tímido, lo que queda ya por decir de él es algo como "bueno, pero es muy buena gente". Uff, es muy buena gente, menuda tragedia. Pues eso, un tímido feo sólo puede aspirar a ser muy buena gente, muy inteligente, muy responsable y etcétera, categorías humanas que, como todo el mundo sabe, también están socialmente muy infravaloradas. Uno no se va de parranda con alguien muy responsable, o muy inteligente, uno lo elige como compañero para hacer un trabajo de clase. Eso sí. Concretamente, para que haga el trabajo de clase por uno. Y si lo hace bien, igual le recompensas con una cañita, al pobre tímido feíto.

Pues eso, hoy, en nombre de la Vallés y de moi-même (el uso del francés también es en honor a ella), quiero hacer una reivindicación de la timidez, y un llamamiento a todos los tímidos del mundo para que se unan (para que nos unamos), porque la sindicación y el corporativismo son la clave de la lucha contra las injusticias. Y, para dar el primer paso, voy a recordaros la pereza máxima que da toda esa gente demasiado simpática, demasiado familiar, demasiado extrovertida, casi invasiva, tan fuera de sí mismos que llegan a estar hasta un poco dentro de ti, limitando tu espacio vital. Esa gente que se convierte en el centro de atención en todas las reuniones, con sus maneras desenfadadas, su afán por tratar con todo el mundo, por agradar. Con su vida intensa, su interminable círculo social, junto a la cual te sientes una piltrafilla, un desecho, un lastre social, un leproso, un apestado. Esa gente de la que incluso llegas a desconfiar, porque no concibes que alguien pueda ser tan socialmente perfecto. En serio, ¿de verdad quieres que toda tu vida social se desarrolle a la sombra de personas más dinámicas, más hábiles socialmente que tú?

Moraleja: Pon un tímido en tu vida, no te arrepentirás.

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