De morbo y masoquismo

Ver House me produce sentimientos encontrados de angustia y placer. Es como cuando uno se explota un grano: le está doliendo y dándole bastante grima y un poco de asquito, pero no puede evitar seguir apretado hasta que sale todo el pus y, finalmente, esa gotita de sangre que culmina toda extracción bien hecha.

En la mayoría de los capítulos de House hay algún tipo de agente patógeno, escondido en algún rincón de la casa, como un trapo de cocina, un estropajo, la escobilla del retrete o las pelusas de detrás de los muebles. Y yo pienso en todas las fuentes potenciales de virus mortales que hay en mi casa y se me encogen las tripas. Y no es para menos, porque hay muchas. Después de ver un capítulo de House, justo en el intermedio entre el gran doctor y las aventuras de Dani Martín, alias "El Duro", cuando paso por la cocina a por un vaso de agua o una onza de chocolate, no puedo evitar mirar a mi alrededor con verdadera aprensión. ¿Qué peligrosa enfermedad tropical se esconde entre los pliegues de la Scotch Brite?, ¿qué causa ambiental, originada en mi humilde hogar, me llevará a la tumba? Es algo parecido a lo que experimento cuando veo C.S.I; pero en el caso de C.S.I. es peor, claro, obviamente.

Esto me ha hecho meditar mucho sobre esa cierta tendencia del ser humano al masoquismo. Aquí estoy yo, viendo House y mordiéndome las uñas, mientras veo operaciones, como pizza, y espero a que a alguno de los pacientes le explote un ojo, o el páncreas. Por eso veo también pelis de miedo en el cine, o en casa, tapándome los ojos con la manta o con las manos, pero sin poder dejar de echarle miraditas furtivas a la pantalla.

Es más o menos como cuando paso vergüenza ajena viendo los castings de Factor X, o El Diario de Patricia, de Jordi o de quién sea, haciendo zapping constantemente porque no puedo aguantar verlo seguido, pero volviendo siempre al canal en cuestión. Con la salvedad de que son tipos de morbo distintos, el de la sangre y el del ridículo. Pero morbo, al fin y al cabo.

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