El hombre que vivía en una pecera

Por cortesía de Rosa...otra inspirada colaboración.

Cuando nació, el hombre que vivía en una pecera era un niño normal de profundos ojos negros. Pero el diagnóstico fue fatal, había nacido sin pulmones y, en su lugar, una especie de branquias en el pecho. Sus padres, desesperados, decidieron cuidarlo hasta el final, y le construyeron una pecera donde pudiera crecer. La adornaron con mucho esmero, y le colocaron todo lo que el niño podría necesitar: su cuna, los juguetes de goma, algas y arena para que jugara… El hombre que vivía en una pecera fue feliz durante su infancia. Sus padres decidieron que cuidarían su educación y todos los días le daban clases. A través de un altavoz, el niño aprendió quiénes fueron Platón y Augusto, las diferencias entre el Renacimiento y el Barroco, las operaciones matemáticas más importantes, por qué a medida que él crecía, el agua de su pecera iba subiendo de nivel… Sus padres se desvivieron por él, pero un día no volvieron, el asfalto se apoderó de ellos a la vuelta del trabajo. El niño, que ya era un hombre, sabía que ese día iba a llegar. Llevaba veintiocho años de su vida esperando y temiendo ese momento. Y se había estado preparando. Por las noches asomaba la nariz por la pecera e intentaba respirar oxígeno, como todos los demás hombres. Comenzó aguantando pocos segundos, y día a día su cuerpo se fue habituando hasta que una noche logró permanecer una hora de su reloj sumergible con la cabeza sobre el agua.

Sin embargo, no estaba preparado. Nunca había salido a la calle, conocía el mundo a través de los ojos de sus padres y de sus enseñanzas. Pero la comida del depósito de su pecera-piscina empezó a escasear y se vio obligado a salir por la casa. A gatas llegó al teléfono, marcó, como tantas veces lo hizo su madre y pidió que le trajeran lo que necesitaba. El dinero estaría en la puerta. Así vivió durante tres meses, gracias a los ahorros que sus padres le habían dejado. Cada día su cuerpo lograba habituarse más al aire y cuando pudo caminar con un bastón y superar las tres horas fuera del agua, llamó al médico. Cuando salió de su casa todo era nuevo: las calles, la luz, los coches y los hombres. Aturdido, llegó a la consulta de su médico de la infancia. Con el esfuerzo y los años, sus peculiares branquias habían logrado desarrollar una tolerancia temporal al oxígeno, pero no podía permanecer más que unas pocas horas lejos del agua. Apesadumbrado volvió a su casa y en el umbral sintió que se ahogaba, arrastrándose llegó a su pecera-piscina y allí se quedó una semana, pensando y pensando…

A los siete días de su salida volvió a descolgar el teléfono.

Hoy el hombre que vivía en una pecera ya no vive en una pecera. Trabaja en una pecera, cuidando de los animales del oceanográfico de la ciudad. A veces tiene que salir de viaje a las islas, para unirse al grupo de limpieza de fondos marinos protegidos. En esos días, Mariana, su mujer, le prepara su maleta con catorce bombas de dióxido de carbono, que consigue gracias a su trabajo de ingeniero químico. El hombre que vivía en una pecera es padre de dos niñas preciosas, que van al colegio y a natación, juegan a fútbol y admiran la valentía de su padre y el amor de sus abuelos.

El hombre que vivía en una pecera tenía branquias, coraje y ganas de vivir.

¿Qué tienes tú?

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