El innoble arte del gorroneo

Publicado en mi difunto flog el 09/03/07

Me parece curiosísimo el efecto que produce escuchar la palabra "gratis" en este país. Ayer, ni más ni menos, estuvimos en unas jornadas de fiscalidad internacional (apasionante, lo sé). Al final había una especie de catering con bebida y así. La bebida (alguna, vaya) tenía alcohol. Y si ya juntas en la misma frase "alcohol" y "gratis", se activa en el cerebro del españolito de a pie una especie de señal sonora, porque el españolito medio escuchará esas dos palabras en su cabeza, con eco y en plan Homer ("graaaatis, alcoooohoool...") y no será capaz de pensar en otra cosa hasta que se acabe el alcohol o hasta que empiecen a cobrar por las copas. A partir de ese momento las palabras que escuchará, resonantes, serán "joder", "mierda", "qué putada", "putos rácanos".

Mi padre, desde pequeña, me instruyó en el milenario arte del gorroneo discreto en este tipo de eventos, practicando en las bodas, en las que, por regla general, no suele haber nada más interesante que hacer que interceptar al camarero que sale de la cocina antes de que llegue al meollo del asunto y se acaben los canapés de salmón. Pero he de reconocer que hay gente con una técnica mucho más depurada que la mía, desde el típico "ah, vas a pedir? pídeme una coca cola" (no tío, joder, aquí, si quedamos de gorrones quedamos todos... :-p he de reconocer que yo misma he utilizado esta técnica algunas veces...vale, muchas veces...), hasta el mítico, mi ídolo, el que pilla directamente la bandeja con las croquetas y las reparte entre sus allegados cual Robín de los Bosques generoso.

Es un tema complicado, sobre todo en rollos como este, en los que se te presume un cierto interés intelectual en el asunto, más allá del simple "merendar de gorra". Es básico esperar a que alguien rompa el hielo, dé el pistoletazo de salida (si puede ser uno de los ponentes mejor). A partir de ahí, el secreto consiste en picotear como quien no quiere la cosa, y en comentar, simultáneamente, la importancia de los métodos de valoración en relación con los precios de transferencia. Es conveniente rotar alrededor de la mesa, haciendo como que se saluda a todo el mundo, pero con la verdadera intención encubierta de abarcar todos los platos, de llegar al queso o al lomo. Y si se da la espantosa circunstancia de que alguien nos pilla cogiendo a la vez del plato de jamón y del de calamares, sólo tenemos dos opciones, sonreír pidiendo indulgencia, o alargarle el plato, intentando comprar su complicidad.

Y es que, aquí come hasta Perry, con hambre o sin ella, que uno nunca sabe (sobre todo en mi caso, que vivo sola con mi hermano, en modo parasitario ambos, y somos absolutamente negados para la cocina y además unos vagos redomados) cuando va a volver a comer tortilla de patatas, o croquetas, o caliente, simplemente.

La vida de estudiante pseudoindependizado pierde así todo su glamour. Imaginad más bien a una tía con las camisa sin planchar, los pantalones sin raya y el tupperware a punto en el bolso para hacer uso de él en cualquier momento. Esta visión es, sin duda, mucho más cercana a la realidad.

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