domingo, 19 de febrero de 2017

El profesor de música

Foto: Lauren Mancke (Unsplash)

Yo tuve un profesor de música en el colegio que, aunque no logró convertirme en una gran erudita ni inculcarme un amor sin parangón por la música, ni de cámara ni de orquesta, nos dijo algo una vez que sospecho que yo ya venía haciendo, pero que me ha acompañado después toda la vida.

Estábamos preparándonos para los exámenes y él nos aconsejaba sobre cómo estudiar. Y, ese señor portentoso, ese astro de la estrategia y de la técnica del estudio, nos dijo entonces que nos pusiéramos a estudiar nada más levantarnos, con el café a medio beber en el escritorio, en pijama y sin duchar.

Yo lo he practicado a rajatabla durante toda mi vida de estudiante y nunca he entendido a todos esos que se duchaban y acicalaban para pasarse el día entero delante de los libros. Por supuesto que eventualmente me duchaba, no os vayáis a creer, ya fuera en uno de los descansos, después de la siesta o por la noche. Y la ducha me resultaba mucho más agradable con la satisfacción del deber cumplido.

A día de hoy, los días en que me prometo que voy a escribir, también me levanto (temprano), me tomo mi tostada de pie en la cocina, y me llevo el café a la mesa del ordenador. De hecho, acabo de salir de la ducha hace apenas un momento. A punto para la cervecita del aperitivo del domingo.

Feliz domingo, queridos. Sed felices y no dejéis de dedicar tiempo a lo que de verdad os gusta. Aun a costa de vuestra ducha matinal.

viernes, 17 de febrero de 2017

Libros para "engancharse"



A veces uno no le pide más a la vida que una cerveza bien fría en una terraza en primavera y un libro que enganche.

Hay días en que uno no le pide más a la vida que una cerveza bien fría en una terraza y un libro que enganche. Puesto que lo primero está relativamente al alcance de todos (hagan la prueba, salgan a la calle, ahí fuera es primavera), aprovechando que estamos en plena Feria del Libro, vengo a proponerles unos cuantos que bien pueden hacerles el servicio.

1. La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.



Carlos Ruiz Zafón, primero aclamado, denostado después; todo muy al estilo patrio. Nunca entenderé qué problema tiene la gente con los best-sellers. Lo cierto es que La sombra del viento es un gran libro. Con claras influencias góticas y románticas, cuenta la historia del hijo de un librero, Daniel Sempere, quien encuentra un libro en un mítico Cementerio de los Libros Olvidados y se ve envuelto en la misteriosa historia de su autor, Julián Carrax. Mi personaje favorito: Miquel Moliner sin ninguna duda.

El libro está muy bien escrito y es simplemente adictivo; prueba de ello son sus más de diez millones de ejemplares vendidos. Ya quisieran algunos.

2. La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Jöel Dicker.



Algo parecido pasa con este libro, que fue un verdadero fenómeno editorial allá por el verano de 2013. Algunos incluso me han confesado sentirse mal, sentirse sucios, después de devorarlo en tiempo récord; como si hubieran consumido algo pernicioso. Como si se hubieran comido una bolsa de patatas o un paquete de Donettes en cuatro minutos.

Sinceramente, no sé qué problema le ven. Es una novela de misterio a tres tiempos con amores, asesinatos, celos, religiosos fundamentalistas y trastornos psicológicos que contiene incluso referencias a la Lolita de Nabokov. Lo esencial es que, una vez comenzada, es imposible soltarla. Horas y horas de deliciosa e inconsciente felicidad.

Abandonemos, por favor, este esnobismo ridículo y disfrutemos de lo que nos ofrece la vida. Libros de piscina perfectamente dignos y altamente adictivos incluidos. Dejemos todos de pretender que no lloramos con Titanic.

3. La trilogía del Baztán, de Dolores Redondo.



Vaya por delante que soy orgullosa consumidora habitual de novelas de misterio, como ya habrán intuido. Especialmente en verano. Esta trilogía me llevó menos de un mes y la leí, completa y de seguido, el diciembre pasado.

Compuesta de tres libros, El guardián invisible, Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta, se desarrolla, como es obvio, en la zona del Baztán, en Navarra. Mezcla asesinatos y serial killers con mitología del norte de España. Dan ganas de conocer la comarca y probar el txantxigorri.

Tres libros, ¡tres!, a su disposición, para leerlos uno tras otro sin solución de continuidad. No se me ocurre un plan mejor para estos meses estivales que se avecinan. Salvo, quizás, la saga a la que me refiero a continuación (aunque, ¿por qué habrían de renunciar a nada?).

4. La saga Dos amigas, de Elena Ferrante.



Sobre estos libros ya hablé en mi primer artículo para Ritmos, precisamente. Ambientada en Nápoles, consta de cuatro libros: La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida.

Cuenta la historia de dos amigas, Lila y Lenù. Lila, brillante, chispeante, salvaje en ocasiones; Lenù, menos atractiva, más convencional y discreta, ordenada, trabajadora; en cierto modo siempre eclipsada por la luz, un tanto sobrenatural, de su mejor amiga. Un par de frenemies de manual.

5. La carretera, de Cormac McCarthy.



Y, para terminar, si no les he convencido con mi lista de best-sellers, un libro que podrán exhibir satisfechos en el metro o en la playa; en el avión, el AVE o el tren.

Se trata de La carretera. Ciencia ficción distópica, en realidad es un monumento al amor de un padre por su hijo. Uno no puede evitar pasar hojas vertiginosamente con aprensión. Si no van con cuidado, se lo ventilarán en una tarde, se lo advierto. La sensación que queda después es rara, pero yo volvería a hacerlo mil veces.


Por supuesto, me dejo muchos en el tintero. Sirva esto como una pequeña introducción. Les deseo a todos fantásticas horas de lectura incontrolada y sin mesura.

jueves, 2 de febrero de 2017

Cinco libros que me compraría en la Feria del Libro (si no los hubiera leído ya)

Publicado en Ritmos 21 el 31 de mayo de 2016.


Con motivo de la Feria del Libro en Madrid, me permito sugerirles los cinco libros que yo compraría (si no los hubiera leído ya).

Estos días se celebra en Madrid la Feria del Libro; la ocasión perfecta para pasear por El Retiro, ojear los libros en las casetas, hacer una prudente parada en una terracita para disfrutar de una cerveza bien fría (el calor no perdona) y ponerse al día de las últimas novedades editoriales.

Sin embargo, a los que no les importe no “estar a la última”, me permito sugerirles algunos que han sido importantes para mí. Los cinco libros que yo compraría en la Feria del Libro.

1. Irse a Madrid, de Manuel Jabois.



“Se pueden ser muchas cosas en la vida y yo he sido unas cuantas, todas ellas discretas, pintorescas y municipales, como jurado de un concurso de tortilla de patatas en el Instituto de Hostelería Carlos Oroza. Con lo que no había contado nunca es con ser punto del orden del día. Esa ambición la tenía yo aparcada.”

Manuel Jabois era ese chiquito de provincias que al final se terminó viniendo a Madrid ("A veces pienso que en Madrid no deben de tener otra cosa que hacer que esperarme a mí"). Sin embargo, ahora es uno de los primeros espadas de esa nueva generación de periodistas y articulistas (Jorge Bustos, David Gistau, Hughes…) sin complejos y a los que merece muchísimo la pena leer.

Jabois habla mucho de él, con humor e ironía, en sus artículos de opinión; y reserva una mirada objetiva, aséptica, ajena, sin contaminar, para sus reportajes y entrevistas. Su último libro, Nos vemos en esta vida o en la otra, cuenta la historia del único menor implicado en el 11-M (y ya adelanto que está en mi lista de deseos para esta Feria del Libro).

Irse a Madrid es un recopilatorio de artículos descacharrantes y estuvo entre las mejores cosas de mi año 2013 (que, he de decir, mejoró ostensiblemente a partir del último cuarto). Entre mis favoritos, Un despido procedente, Una tertulia en la cárcel, Tuneo y el que cito, El orden del día

Reírse de uno mismo y no tomarse demasiado en serio, que es una cosa muy sana. Si quieren empezar con buen pie el mes de junio, ni lo duden.

2. Bella del señor, de Albert Cohen.



“Hembra, como hembra te trataré, y despreciablemente te seduciré como mereces y deseas. Cuando volvamos a vernos, lo que no tardará en ocurrir, en dos horas te seduciré empleando los métodos que les gustan a todas, los sucios, sucios métodos, y caerás en grande y estúpido amor, y así vengaré a los viejos y a los feos, y a todos los ingenuos que no saben seduciros, ¡y te marcharás conmigo, extasiada y con ojos de carnero degollado! ¡Entretanto, quédate con tu Deume hasta que me digne silbarte como a una perra!”

Es imposible leer este libro y no enamorarse del protagonista, Solal, un judío que ocupa un alto cargo en la Sociedad de Naciones. Yo a Solal me lo imagino un poco como Alain Delon pero poniendo menos caritas. 

Tragicómico, relata las diferentes fases del amor y las tretas para mantenerlo vivo desde un pesimismo radical no exento de humor. No recomendable para corazones sensibles, románticos empedernidos y enamorados recientes. 

En realidad, todo el mundo debería leerlo.

3. El libro de las ilusiones, de Paul Auster.



“Eso mitigaba bastante mi capacidad de sentir, pero al mismo tiempo me privaba de toda sensación de futuro, y cuando alguien no espera nada, más le valdría estar muerto.”

Tuve una época muy de Paul Auster que inauguré con Brooklyn Follies. Sin embargo, mi preferido es El libro de las ilusiones. Cuenta la historia de un pobre hombre que acaba de perder a su mujer y a su hijo en un accidente y está totalmente destrozado. Una noche, varios meses después, viendo la televisión, se ríe por primera vez desde entonces. El artífice es un actor medio desconocido de cine mudo desaparecido hace sesenta años y con el que se obsesiona.

Siempre pienso en El libro de las ilusiones como uno de mis libros favoritos de todos los tiempos. Aunque reconozco que no es trepidante. Un poco de paciencia.

4. Alta fidelidad, de Nick Hornby.



“Agua pasada no mueve molino, y el pasado puede irse, por mí, con viento fresco; la infelicidad sólo era algo de veras importante en aquel entonces. Ahora no es más que una pesadez, un inconveniente parecido a tener la gripe o estar sin blanca. Si de verdad quisiste dejarme hecho polvo, tendrías que haberme conocido mucho antes.”

Nick Hornby escribe unos libros divertidísimos que le devuelven a uno la fe en la humanidad. En picado, Cómo ser buenos o Un gran chico son, todos ellos, excelentes opciones, pero Alta fidelidad se disputa con Juliet, desnuda, el prestigioso título de “mi libro favorito de Nick Hornby”.

Lean primero el libro y después (y sólo después) pueden ver la película (protagonizada por John Cusack, ovación cerrada). Amor, celos, infidelidades, ex novias y mucha, mucha música. Una historia de esperanza como le gustan a Hornby. No se arrepentirán.

5. La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq.



“Y el amor, en el que todo es fácil,

Donde todo se da al instante:

Existe en mitad del tiempo

La posibilidad de una isla.”

Obviando el morboso e inevitable atractivo que supondrá el que yo diga aquí que Plataforma es el libro con más sexo explícito que he leído en mi vida y que puede que, debido a eso (no quiero aventurar teorías) lo leyera en un día, vengo a recomendar otro de Houellebecq: La posibilidad de una isla.

A Michel Houellebecq, enfant terrible de la literatura francesa, o se le odia o se le lee de una forma adicta y arrebatada, a veces un poco escandalizada; y yo hace varios años ya que escogí la segunda opción. Su último libro, Sumisión, es una novela de ficción política que generó muchísima polémica.

Houellebecq, no voy a mentirles, es deliberadamente provocador, caústico, misógino y en ocasiones fatalista. Pero muy en el fondo se atisba el deseo de que exista el amor, de que exista dios, de que exista algo en lo que creer.

Y cada vez parece más cercano lo que imagina en La posibilidad de una isla: La inmortalidad a través de la clonación y la inteligencia artificial. Este libro revuelve por dentro.



Queridos amigos, espero que los disfruten. Ya me contarán. 

sábado, 28 de enero de 2017

El vestido años 50

Publicado en Ritmos 21 el 20 de mayo de 2016.


Christina Hendricks (Joan Hollay en ad Men).

O de los inevitables riesgos de las compras online.

Decía Laura Ferrero el otro día en un artículo que “[...] las chicas listas leen libros, pero no pasa nada si también les gusta ir de compras.”

Con esta máxima por montera me dispuse yo el otro día a “ir de compras” pero a mi manera, que es la online, puesto que, cada vez más, las tiendas físicas me aterran, los dependientes me intimidan y me avasallan con su pericia vendedora, los estantes y las perchas llenas de ropa me perturban y me bloquean en una peculiar paradoja de la elección que, extrañamente, no me asalta cuando navego desde mi casa, organizando la ropa por estilos, por colores, o por precio de menor a mayor.

Después de un rato buceando en la sección Outlet de mi tienda favorita, con la bolsa de la compra repleta de verdaderas gangas de todo pelaje y condición, fui desechando todo aquello que, tras una prudente reflexión, me fue pareciendo de dudoso gusto, impracticable, escasamente realista, o difícilmente amortizable (ese vestido dorado metalizado tornasolado que tan bien me vendría para Nochevieja si en Cáceres en diciembre hubiera 30 grados, midiera diez centímetros más, pesara diez kilos menos y fuera stripper de profesión.)

Finalmente compré un vestido verde menta, de corte años cincuenta, estructurado y con una textura que se me antojó de lo más innovadora. Era una apuesta algo arriesgada, pero ya me estaba visualizando yo a lo Joan Holloway, aunque bastante menos potente, epatando con mi estilo y natural elegancia al personal en la boda de mi amiga Paloma.

Así que, cuando por fin llegó el vestido a casa, mientras lo desembalaba me las prometía muy felices. Hasta que lo tuve en las manos y constaté que el tejido era, quizás, una elección excesivamente intrépida. Me lo probé, me planté delante del espejo y busqué en él sin éxito a Ditta Von Teese.

Parecía más bien como si alguien hubiera montado una tienda marca Quechua en torno a mi cintura capaz de dar cobijo a una expedición completa a Salcantay (porteadores incluidos). El color era psicodélico; la tela una extraña malla tiesa, a caballo entre un estropajo y una bayeta de cocina.

En plena crisis de identidad (ya no sabía si quería ser Christina Hendricks o protagonizar Los juegos del hambre), me llamó mi novio por teléfono. “Ya ha llegado el vestido: ¡Me queda fatal, me queda fatal!”, voceé en el móvil nada más descolgar. “Pero, ¿seguro?”, inquirió él, animoso. “¿Ni siquiera para ir así, en verano, en plan relajado…?”. “Hombre, si fuera para ir disfrazada...”, respondí.

Al rato llegó a casa y me encontró aún con el vestido puesto y en estado de shock, dudando ya, tal era mi confusión, entre si el vestido me encantaba o me horripilaba. Entonces me miró y me dijo muy serio: “Pareces la de la lejía del futuro”.

A día siguiente mandé el vestido de vuelta a la distopía de la que procedía.

jueves, 19 de enero de 2017

Loa al aperitivo



La hora del aperitivo vista desde una terracita cacereña.

Mientras siga saliendo comida y se sigan tirando cañas, seguirá siendo viernes, sábado, domingo, un martes de agosto o una fiesta de guardar.

Confieso que cuando me puse a pensar en un posible nombre para esta sección me encontré bloqueada en la pertinaz obstinación de que incluyera la palabra aperitivo. O gin-tonic. El gin-tonic del aperitivo.

Sin embargo, mi madre y algunos amigos me indicaron sutilmente que quizás lo prudente era evitar toda referencia al alcohol. Al menos en el título. Mi novio me sugirió entonces que la llamara El ambigú, que es una palabra que le gusta mucho y que, desgraciadamente, ha caído en desuso.

Pensé que era una buena idea puesto que el ambigú es, entre otras cosas, el lugar al que uno va a tomarse una cervecita en los descansos del teatro. De manera que el nombre de mi sección no iba a contener la palabra aperitivo, pero en un ambigú te puedes tomar uno, y además también estaría presente el alcohol sin necesidad de citarlo. Con la ventaja añadida de una cierta pátina de cultura por ser vocablo poco común y una referencia a las salas de cine, teatro y espectáculos.

Con esta información no solicitada que les he brindado en un momento considero que he dejado clara mi posición: lo que yo siento es una devoción sin par por esta costumbre; mucho más auténtica y castiza que el brunch, mucho menos cursi que el almuerzo. Yo sustituiría todas las comidas de mi vida por aperitivos.

Como sabe cualquier fan del aperitivo, la franja horaria para disfrutar de esta tradición inestimable abarca desde las doce del mediodía hasta que cierren los bares. Tengo una amiga que asegura que, durante el fin de semana, a las doce y media empieza a ponerse nerviosa si no tiene ya delante una cañita bien tirada y un platito de aceitunas. Y es que nunca hay que subestimar la importancia del concepto tapa dentro de ese concepto más amplio, casi omnicomprensivo, que es el aperitivo.

Incluso si se ha llegado tarde al turno de mañana, puede colarse hábilmente un aperitivito antes de cualquiera de las comidas principales del día (incluida la merienda).

Para muchos el aperitivo es un acontecimiento por lo que tiene de social, pero los grandes amantes del aperitivo sabemos que puede ser un acto íntimo, un retiro “en la paz de estos desiertos”, y que el rito mejora si uno se acompaña de algún libro, docto o no.

Hay aperitivos para todos los gustos. Los hay sólo con bebida, pero qué menos que unas patatitas. Los hay ligeros y refinados, aunque un mundo de aperitivos gourmet diminutos es uno en el que no me interesa vivir. Los hay pantagruélicos, ideados para verdaderos heliogábalos temerarios y sin mesura ninguna. Son mis preferidos, pues te evitan la angustia de sentir que eso que llevas esperando toda la semana va a acabar demasiado pronto. Mientras siga saliendo comida y se sigan tirando cañas, seguirá siendo viernes, sábado, domingo, un martes de agosto o una fiesta de guardar.

Y es que la hora del aperitivo es libertad, por eso conviene que se alargue lo máximo posible. La de un viernes es el portal místico al fin de semana, la frontera que separa los días repletos de agobios y responsabilidades del tiempo que nos debemos a nosotros mismos.

Feliz fin de semana. Vayan a tomar el aperitivo a mi salud.

jueves, 12 de enero de 2017

Roma para iniciados




Nunca se ha estado en Roma demasiadas veces.

Calle romana 

Roma, inabarcable, inacabable y, obviamente, eterna. Nunca se ha estado en Roma demasiadas veces, entre otras cosas porque el número de helados de San Crispino que uno comería gustoso a lo largo de su vida tiende, en potencia, a infinito (pero más de seis al día empieza a ser un consumo peligroso). Delicioso el de pistacho y el de crema de limón.

Desgraciadamente, el tiempo y el dinero son bienes escasos, por lo que se impone priorizar y conocer los “imprescindibles romanos”; a título meramente enunciativo, el Colosseo, el Foro Romano, el Vaticano, la Piazza de Spagna o la Fontana di Trevi (una moneda para volver, dos para enamorarse).

Pero, si uno se queda con ganas de más (y pasará), siempre puede coger un vuelo low cost y plantarse en Ciampino o Fiumicino, dispuesto a dar otra “vuelta de tuerca” a su conocimiento de la Città Eterna.

Puede, por ejemplo, disfrutar de una auténtica pizza romana (la de masa finita) en la Pizzeria Baffetto; tomar una Peroni bien fría por un euro y medio en el Bar San Calisto, en la Piazza del mismo nombre en Trastevere; o saborear unos inolvidables spaghetti cacio e pepe en Da Enzo (también en Trastevere pero al otro lado de la Viale di Trastevere). Salivo cual perro de Pavlov solo de pensar en ellos. Y pedir postre, por supuesto.

Pero no sólo de pan vive el hombre y no sólo de gastronomía vive el viajero de pro. Las Catacumbas de San Calixto, en la Via Appia (un poco a desmano pero el desplazamiento vale la pena), bien merecen una visita. Los cinéfilos pueden aprovechar para conocer la Iglesia de Santa María delle Piante, también llamada Domine Quo Vadis. Se cuenta que San Pedro, una vez liberado, escapó de Roma. En el lugar de la Via Appia en el que se encuentra la Iglesia se le apareció Jesucristo y San Pedro le preguntó, “Domine, Quo Vadis?”, a lo que Jesús le respondió que iba a Roma para ser crucificado. San Pedro, avergonzado de su cobardía, regresó entonces a la ciudad para asumir su papel como primer Papa de la Cristiandad. Más tarde, San Pedro sería martirizado y crucificado cabeza abajo (a petición suya, para no morir de la misma manera que Cristo).

Santa Maria delle Piante o Domine Quo Vadis 

Si al visitante no le han impresionado las Catacumbas, puede forzar los límites de lo macabro en la Iglesia de Santa Maria della Concezione dei Cappuccini. Su interior alberga una cripta en la que huesos de monjes, colocados a modo de inquietante ornamento, sirven de decoración.

Y, ya que se empeña en la oscuridad, por qué no hacer una visita a la Iglesia de San Luis de los Franceses (San Luigi dei Francesi) y a las pinturas de Caravaggio que se alojan en la Capilla Contarelli: La vocación de San Mateo, La inspiración de San Mateo y El martirio de San Mateo.


La inspiración de San Mateo, de Caravaggio (1602)

Si está interesado en la mitología grecorromana, la Galleria Broghese en Villa Borghese es, con seguridad, un buen lugar al que acudir. En ella podrá disfrutar de más pinturas de Caravaggio (entre otras Baco enfermo, de la que se dice que es un autorretrato del pintor un tanto perjudicado), de la escultura de Paulina Borguese Bonaparte como Venus Victrix, de Canova (se ve que Paulina no tenía problemas de autoestima) y, por supuesto, de las maravillosas esculturas de Bernini.

Paulina Borguese Bonaparte como Venus Victrix, de Antonio Canova (1805-1808) 

Mi favorita de todos los tiempos es Apolo y Dafne. Según el mito, Apolo y Eros se enzarzaron en una trifulca muy masculina por ver quién era mejor lanzando flechas. Eros, molesto porque Apolo era un soberbio que además iba de guapo, le lanzó una flecha de amor a él y otra de odio a la ninfa Dafne. Apolo, herido de arrebatada pasión, se dedicó entonces a perseguir a Dafne que, obviamente, se dedicó por su parte a huir de él hasta que, agotada de tanto lance amoroso, le pidió a su padre, el río Peneo, que la ayudara. Y a éste no se le ocurrió otra cosa que convertir a Dafne en laurel. Por eso a Apolo se le representa con una corona de laurel en la cabeza.


Apolo y Dafne, de Gian Lorenzo Bernini (1622-1625)



Detalle de Apolo y Dafne, de Gian Lorenzo Bernini (1622-1625) 


Detalle de Apolo y Dafne, de Gian Lorenzo Bernini (1622-1625). Atención a las uñas de Dafne convirtiéndose en las raíces del olivo 

Mención especial merece también El rapto de Proserpina y su historia. Plutón se enamoró de Proserpina y decidió raptarla, práctica que era muy habitual entre los dioses del Olimpo y se ve que también entre los del inframundo. La madre de la criatura, Ceres, diosa de la agricultura, montó, como es lógico, en cólera y convirtió la tierra en un desierto. Júpiter intervino y se llegó al acuerdo de que Proserpina pasara seis meses en el Hades y otros seis en la tierra, y por eso el año se divide en estaciones.


El rapto de Proserpina, de Gian Lorenzo Bernini (1621-1622) 


Detalle de El rapto de Proserpina, de Gian Lorenzo Bernini (1621-1622) 

Hay mucho más que ver en la Galleria, y mucho que hacer en el parque del mismo nombre. Pero, si al explorador le golpea la alergia traicionera, siempre puede bajar hasta Piazza del Popolo, continuar por la Via del Babuino y girar a la izquierda en la Via Margutta (donde, por cierto, vivía Fellini). Allí se encuentra Il Margutta, un restaurante muy mono de cocina vegetariana con una cierta vocación artística. El brunch (bufé libre) de los sábados y domingos cuesta 25 euros.

Reponga fuerzas el viajero como guste (comida vegetariana, pizza al taglio, pasta, o la célebre casquería romana que nunca he tenido el arrojo suficiente de probar) pero, por lo que más quiera, no renuncie a caminar simplemente por Roma, pues es una ciudad que hay que pasear.

Y es que nunca se ha paseado demasiado por Roma: Prácticamente a cada momento puede uno asombrarse con una nueva maravilla y deleitarse con un nuevo sabor de helado.

Hace apenas un par de semanas esperaba turno a la puerta de un restaurante romano vestida de ángel (es una larga historia), cuando un anciano con un bastón y tocado con un sombrero, se detuvo frente a mí, me miró interesado y me preguntó “Ma che sei?”. “Sono un angelo”, le respondí. “Un angelo?”, me dijo sorprendido; “E fai miracoli?”, preguntó riendo. Le contesté que desgraciadamente no, que lo sentía mucho. Me tendió la mano, dijo que se llamaba Dimitri, y quiso saber de dónde era yo. “Spagnola”, respondí. “Io sono greco”, me dijo; “E siamo in Italia!”, concluyó riendo de nuevo como si se tratara de una extraordinaria casualidad. Me contó entonces que, al doblar la esquina, había un restaurante griego; que si iba y decía que era amiga de Dimitri me darían un trato especial. Me miró por última vez, se despidió con una inclinación de cabeza y se marchó, perdiéndose en la noche con su bastón y su inusitado sombrero.

Esta escena, más propia de La dolce vita o de La grande bellezza que de la vida real, sólo pudo ocurrir en Roma.

miércoles, 4 de enero de 2017

El yoga redentor

Publicado en Ritmos 21 el 22 de abril de 2016.



Foto de Julia Caesar (Unsplash)


Por fin he decidido iniciarme en la milenaria disciplina del yoga y considero que eso salvará muchas vidas.

Coincidiendo con el comienzo de la primavera y, en parte, debido a la insoportable, por continua, presencia en las últimas semanas del fútbol en nuestros televisores y en nuestras vidas (que ni el consuelo de ver por las noches a Jessica Jones pegando mamporros le queda ya a una), todo ello unido a un ambicioso proyecto mens sana in corpore sano que espero me habrá convertido en Gisele Bundchen para comienzos de verano, me decidí por fin a iniciarme en los rudimentos de la milenaria disciplina del yoga.

Por supuesto, lo primero que hice fue contarlo: “He decidido hacer yoga”. Lo segundo, un exhaustivo análisis de la oferta de establecimientos en los que se puede practicar, y una buena criba, eliminando los de precios desorbitados y los que me parecieron excesivamente espirituales. De todos modos, de mi búsqueda en Internet deduje que debía estar preparada para lidiar con un cierto grado de misticismo, o incluso para neutralizarlo, así que me impuse el ser bastante laxa en ese sentido. Lo tercero, (y como la mayoría de los españoles, no os atreváis a negarlo) equiparme en el Decathlon más próximo (en mi caso un Lots Of Colors) con todo lo necesario para la práctica de una actividad que, a priori, no podía saber si iba a gustarme, lo que demuestra que no he aprendido nada de mi breve experiencia con el buceo y de los trescientos euros que me gasté para conseguir ser un fracaso total del mundo subacuático.

Con todos los deberes hechos me dirigí, animosa y esperanzada, a mi primera clase, deseosa de conocer a mis compi yoguis. En la clase éramos pocos (por lo que el profesor nos dedicó a cada uno de nosotros mucha atención) y torpes, todo lo cual contribuyó probablemente a que volviera a casa ebria de la autoridad moral que me brindaba el haber pasado hora y media intentando posturas imposibles mientras inhalaba, exhalaba y decía “oooooommmmm”, y el llevar dos semanas alimentándome fundamentalmente de pavo bajo en grasa y purés de verduras.

Por supuesto que me costó; que los músculos me tiraban; que llevo con agujetas desde entonces. Pero mi interpretación al respecto es como con el alcohol (de curar): Si escuece es porque está haciendo efecto.

Esa noche no me importó nada el fútbol tres veces por semana, ni pasarme el día soñando con carbohidratos chiquititos (o, al menos, con la representación que me hago de ellos) danzando alrededor de mi cabeza. Ni siquiera el haber llegado a anhelar ahogarme en una tarrina de helado gigante como muerte dulce, fin de tanta tortura de edulcorante e infusiones apestosas.

Incluso perdoné a esa colega del trabajo que el último afterwork, al rechazar un cuenco de patatas fritas y explicarle que no quería comerlas porque estaba a dieta, me contó, con todo lujo de detalles, que su metabolismo era tan rápido que nada de lo que comiera le engordaba y que, de hecho, su problema era que tenía que estar picando algo a todas horas.

Creo que el yoga va a salvar muchas vidas.