domingo, 22 de mayo de 2016

Otro post en otro AVE



Estoy en mi improvisada oficina en el AVE. Me he propuesto comenzar un artículo, pero no se me ocurre nada. Me termino Pyongyang, de Guy Delisle, una novela gráfica que trata sobre Corea del Norte. Saco la Moleskine, paso las páginas, las ojeo. Quito y pongo la goma repetidamente. Me paro un momento a odiar a la chica que se sienta enfrente, en mi mesa, en la parada de Córdoba y que me indica que quite la mochila del suelo: "¿Te importa? Tengo que poner los pies ahí...". Cotilleo de pasada el ordenador de la que va sentada a mi lado; parece que está escribiendo un artículo de cocina. Escucho a Rufus Wainwright. Retomo Yo te quise más, de Tom Spanbauer. Me lo ha recomendado Mj que me tiene el punto muy cogido, pero no termino de engancharme. Este fin de semana he bebido y comido desordenadamente y me encuentro somnolienta, llena, pesada. La chica que me ha chistado al subirse al AVE le enseña a su compañera vídeos en el teléfono y me entran ganas de decirle que lo pare, que "tengo que disfrutar del silencio." Desgraciadamente, este no es el vagón adecuado para ello. Mi reino por un botellín de agua.

Pienso en otros viajes, en otros trenes. Yo le debo mucho al AVE. He hecho muchos viajes de ida Madrid-Sevilla muy contenta y muchos de vuelta, llorando y escuchando la lista de Spotify que precisamente Mj me preparó ex profeso. Es un recuerdo bonito, pero no me cambiaba por mi yo del pasado.

Las chicas de enfrente (la petarda y su amiga) repasan ahora las fotos del móvil y de una réflex Canon que les envidio inmediatamente. A mí con la mía me da de sobra, dada mi pericia fotográfica. Pero yo les envidio la cámara y la pericia (que se la presumo). Supongo que vuelven de la feria de Córdoba. Les deseo íntimamente una resaca demencial, aunque no parece que la tengan.

La chica de al lado repasa su artículo, que parece muy largo. A ver si va a ser un libro. Giro un poco el Ipad hacia la ventana para que no vea que estoy escribiendo sobre ella.

Acabamos de pasar Puertollano.

viernes, 20 de mayo de 2016

Un post en la estación de Santa Justa

Queridos todos,

Sé que tengo esto muy abandonado y que me limito a venir de vez en cuando a comunicaros que he escrito un nuevo artículo para Ritmos 21 (lo cual he hecho, por cierto, se llama El vestido años 50).

La verdad es que estas semanas (especialmente la última), están siendo bastante ajetreadas y que entre el ejercicio físico, la vida social, el trabajo y las actividades culturales varias, facetas todas ellas que uno tiene que cultivar para sentir que tiene una agotadora vida plena como decían en aquel artículo de la GQ, no tengo mucho tiempo para escribir. Y cuando lo tengo prefiero ver Gotham mientras como picos de pan integral con humus directamente de la tarrina.

De hecho, si estoy escribiendo esto es porque acabo de llegar a Sevilla y estoy esperando en la estación de Santa Justa a que vengan mis amigas a recogerme para inaugurar un fin de semana de locura y desenfreno, celebrando la despedida de nuestra querida Pat. Y ya sabéis que el AVE siempre me inspira.

Así que aquí estoy, sentada en una cafetería de la estación que prometía WiFi (aunque finalmente no me he conectado porque había que registrarse) escribiendo en el IPad mientras me bebo a sorbitos pequeños una Coca Cola Zero (bebida que identifico inmediatamente con las cuatro de la tarde de un día laborable) porque no he sido lo bastante fiel a mí misma como para pedirme una cerveza.

Me siento un poco una escritora pero no lo suficiente. Quizás a la cafetería le falten mesas de madera, enchufes en las paredes, láminas de Mr Wonderful, tazas de loza descascarillada, sillas desparejadas y que me hubieran servido la Coca Cola en un vaso de cristal.

En cualquier caso, estoy escribiendo, y eso es algo que hay que agradecerle a esta cafetería de paso y a la carestía de AVES Madrid- Sevilla del 20 de mayo de 2016.

Volveré pronto.

viernes, 13 de mayo de 2016

Loa al aperitivo en Ritmos 21


Os dejo mi último artículo para Ritmos 21, que se publicó en la revista el viernes pasado. Como veréis, aplica perfectamente a este viernes (de puente madrileño). Espero que os guste:

miércoles, 27 de abril de 2016

Nuevos artículos en El ambigú

Sé que tengo esto bastante abandonado últimamente, pero prometo enmendarme. He estado un poquito más ocupada de lo habitual con un curso, pero ya ha terminado, así que espero poder dedicarle más tiempo al blog y a escribir en general.

Sin embargo, sí que he escrito algunas cosillas nuevas. Aquí os dejo mis dos últimos artículo para Ritmos 21 (que, por cierto, estrenó imagen hace unos días).

James Rhodes, Instrumental y música clásica para todos los públicos.

El yoga redentor.

Espero que os gusten.

viernes, 1 de abril de 2016

Segundo artículo para la revista digital de cultura Ritmos XXI


El miércoles pasado se publicó en Ritmos XXI mi segundo artículo. Va sobre la serie Love. Espero que os guste; creo que quedó bastante bien y estoy contenta con él.

Sin más dilación, con todos vosotros: Love no es Girls (pero también mola) en El ambigú.

domingo, 20 de marzo de 2016

La dulce vida de barrio

Madrid desde el Lago de la Casa de Campo

Nadie que viva en Madrid me ha dicho nunca que el tiempo le cunde muchísimo. El tiempo en Madrid vuela, se esfuma, se evapora; y este hecho indiscutible resulta más doloroso aún para los que no somos de Madrid y tenemos una medida del tiempo distinta al tiempo de Madrid con la que comparar. A nosotros Madrid nos drena la vida (esto suena mucho a cartas Magic). Se levanta uno a las siete de la mañana y parece que a los diez minutos ya se está acostando.

Por eso cuando los foráneos, los de provincias, volvemos a casa, el tiempo se nos antoja de repente flexible, maleable, elástico. Los días parecen más largos; los planes más factibles; el metro, el recuerdo de una experiencia pasada y desagradable.

Madrid tiene mucho que ofrecer, pero es tramposa y a cambio nos exige que nos dejemos la vida (y la bolsa) en taxis, trayectos eternos en el suburbano y atascos demenciales en la M-30.

Yo cada vez estoy más entregada a la vida de barrio. Para ello hace falta tener un buen barrio, por supuesto; y os aseguro que el mío es el mejor. También hay que cultivar una rutina de compras, paradas técnicas a repostar, lugares donde cenar: en ese ponen la mejor tortilla, las bravas de aquel están exquisitas, la tarta de queso del otro lado es un pecado, en este los perros son bienvenidos.

Se trata de reproducir en un espacio que nos resulte asumible nuestra plácida vida de provincias. En ocasiones, algún amigo te hace la mala jugada de no vivir en el barrio. Ese tipo de afrentas, que sólo se superan con mucha tolerancia ante los defectos ajenos y sosegadas conversaciones en los que ellos exponen sus peregrinas razones (que no te convencen, pero tú haces como si sí porque, después de todo, sois amigos), obligan a embarcarse en odiseas interminables y uno sólo puede aplacarse un poco recordando los célebres versos de Cavafis: “Cuando la travesía emprendas hacia Ítaca, pide que sea largo tu camino, lleno de aventuras, pleno de saberes. […] Ten siempre a Ítaca en la mente. Llegar allí es tu destino. Pero sin prisa alguna en el viaje.”

Otras veces uno se siente aventurero (como si, de repente, hubiera adquirido ese gen del que se habla en los blogs de viajes) y decide desplazarse hasta La Central de Callao, por ejemplo. No es que en el barrio no haya librerías, y por supuesto que cualquier libro puede ya comprarse por Internet, pero por momentos se descubre intrépido. Se apareja debidamente: coge el abono transporte, reparte el dinero entre el monedero y esa faltriquera que le compró su madre cuando tenía trece años y se iba a estudiar inglés a Cambridge, bebe agua, hace pis, se toma un café para despertar los sentidos y estar atento a todos los nuevos estímulos, vuelve a hacer pis porque con el café le han entrado ganas de nuevo, escribe unas cuantas cartas a sus seres queridos y, por fin, se siente preparado para emprender el viaje. Sale de casa, cierra con doble llave, alcanza el metro, y se lanza a la vorágine de lo inexplorado.

sábado, 12 de marzo de 2016

8 Cosas que hacer en Dublín en una despedida de soltera de fin de semana

Acribillando a todo el mundo, en especial a mis sufridas compañeras de viaje, con el hecho incontestable y superrelevante de que por mis venas corre un octavo de sangre irlandesa (así, a ojo de buen cubero), el pasado fin de semana cogí un avión y en dos horas y media estaba en Dublín, en casa de un adorable punk reconvertido.

Hay muchas cosas que se pueden hacer en una despedida de soltera (no en la mía; en la mía, y ya lo voy avisando, hay que limitarse a darme de comer cosas ricas, a darme de beber y a agasajarme); y hay muchas cosas que se pueden hacer en un fin de semana en Dublín. Estas fueron las que hicimos nosotras (con muchas fotos y en forma de lista, a ver si hay suerte y el artículo se convierte en viral).

1. Comer una hamburguesa en Bobo´s.

Nuestro adorable anfitrión punk, Luan, nos recomendó nada más llegar esta hamburguesería y nos dijo que era muy irlandesa. Las preparan de ternera, cordero, cerdo, pollo, pescado y vegetariana. Yo, que soy muy tradicional y además me debo a mis ancestros, pedí The Dubliner bien regada con una O'Hara 's Pale Ale. Terminé con un poco de dolor de tripa del hambre y el ansia, pero he de decir que estaba todo exquisito.

Calorías nada vacías

2. Tomar un cóctel en el Vintage Cocktail Club.

En una de las calles de la zona de Temple Bar, concretamente en el número 15 de Crown Alley, hay una puerta negra con las siglas VCC. Fue también el bueno de Luan el que nos recomendó este sitio y nos advirtió de que llegaríamos, veríamos la puerta y pensaríamos que nos habíamos equivocado.

Pero no. Hay que llamar (igual que en el Pavilhão Chines de Lisboa, sólo que en ese caso la puerta es roja) y uno entra entonces en una especie de speakeasy de dos plantas. Quise llevarme la carta pero tengo un amigo en la embajada y no quería que le llamaran diciéndole que había delinquido.

Una filosofía de vida como otra cualquiera

3. Hacer dos millones de fotos al pub Temple Bar.

Aunque toda la zona de pubs más frecuentada por los turistas se conoce como Temple Bar, hay además un pub concreto que se llama así y al que cualquiera pensaría que ésta le debe su nombre (como yo antes de buscarlo en Wikipedia). Pero no, es al revés. En cualquier caso, se dice que el Temple Bar (pub) es el punto más fotografiado de Irlanda. Y no me extraña, porque es imposible sacar una foto sin que se te crucen tropecientas personas (a continuación la mejor de las mías, seleccionada de entre más de 20 fotos tomadas en distintos momentos del viaje y a diferentes horas del día). También se dice que una pinta cuesta 7 euros (el precio normal está en torno a los 4 euros).

The Temple Bar

4. Hacer un tour de Sandemans.

Como muchos sabréis, Sandemans ofrece tours gratis en algunas ciudades europeas: Se hace el tour y en función de lo satisfecho que uno quede, le da una propina al guía. Y, en mi experiencia, los guías se merecen una buena propina porque están muy bien informados, intentan que la visita sea entretenida, son amables y por lo general montan un poco el show para divertir a la afición. Es una manera fácil, cómoda y, sobre todo rápida si el tiempo es ajustado, para conocer un poco más un lugar.

Christ Church Cathedral

5. Tomar un "hot whiskey" para sobrevivir al duro invierno irlandés.

Esta maravillosa bebida que mi amiga Paloma definió como "tisana enriquecida"se compone de whisky irlandés, azúcar, una rodaja de limón, clavo y agua caliente. Hace ya varios años que abandoné mi afición al whisky y lo sustituí (traidora) por una bebida mucho más british, pero la verdad es que este brebaje entra estupendamente.

Mi hot whiskey

6. Visitar la fábrica de Guinness.

Aunque sólo sea para tomar una pinta (a precio de oro, eso sí, si no te interesa el proceso de fabricación de la cerveza, sino que eres más de beberla, simplemente) en el Gravity Bar, con una vista de 360º de Dublín.


7. Tomar una copa en The Church.

La antigua iglesia de Santa María (de principios del siglo XVIII y donde, según parece, se casó el mismísimo Arthur Guinness) es ahora The Church: restaurante, bar, club. Un órgano enorme domina la primera planta y placas funerarias decoran las paredes. Merece la pena sólo por visitar el lugar. Toda una experiencia. Una fauna de lo más variopinta.


8. Y la última en el O'Donoghue's.

Uno de los pubs en los que se puede disfrutar de música irlandesa más conocidos de Dublín. Nosotras tuvimos la suerte de que esa noche tocara allí Stephen Gormley, voz y guitarra de MoonLooksOn. Un agradable descubrimiento. Os animo muy fuerte a visitar su página, donde podréis escuchar cosas tan bonitas como ésta: