viernes, 30 de septiembre de 2016

Funny Girl, de Nick Hornby




Yo soy fan de Nick Hornby hasta el punto de que bauticé como Alta fidelidad a una de las mesas de invitados de mi boda. He procurado leer todo lo que he podido de él, e incluso he elaborado mi muy personal Top 3 de sus libros (Alta fidelidad, En picado y Juliet, desnuda, por si a alguien le interesa). Por eso, cuando ya hace algún tiempo se anunció que había escrito uno nuevo (la edición en inglés salió en 2014, Anagrama lo ha publicado en español en mayo de 2016), me alegré muchísimo.

Nick Hornby es capaz de extraer la vis cómica de cualquier situación (quedó claro en En picado) y de ver siempre lo mejor en el hombre. No hay ni uno solo de sus personajes que sea absolutamente odioso, que no tenga un trasfondo de bondad. En cada uno de sus libros, por muy mezquino que pueda ser en ocasiones el comportamiento del individuo en cuestión, nos reconcilia con el género humano. Y, además, siempre queda sitio, incluso en el escenario más trágico, para la esperanza. Leer a Hornby me hace, siempre, un poquito más feliz.

En Funny Girl, Barbara Parker, una chica guapa y con un físico explosivo, parece condenada por su propia belleza a convertirse en Miss Blackpool y casarse con el dueño de un emporio de tiendas de alfombras de la ciudad o a desnudarse en Londres y dejar que la pinten de oro con un spray. Sin embargo, ella lo que quiere es salir en la televisión y hacer reír a la gente; y se empecina tanto que lo acaba consiguiendo. A ello contribuye el que se dé de bruces en un night-club con un agente de talentos de lo más peculiar, que acuda a una audición para una Comedy Playhouse sin importarle que el guión sea un absoluto desastre y que encandile con su sentido del humor a la pareja de guionistas, al actor protagonista y al productor. De ese modo, Barbara se convierte en Sophie para pasar a protagonizar, curiosamente, una comedia televisiva de la BBC titulada Barbara (y Jim).

Los diálogos son realistas, al estilo del autor. Se trata de una novela coral, en el sentido de que ahonda en los sentimientos y problemas de cada uno de los cinco personales principales (también muy en la línea de Hornby). Al principio parece que el libro solo trata de Barbara/Sophie, pero nada más lejos de la realidad.

Sin embargo, tengo que reconocer que no me ha gustado tanto como Alta fidelidad, puede que porque el mundo de la televisión del Londres de la década de los sesenta me resulte un poco ajeno. Tampoco tanto como En picado, cuyo argumento me pareció que tenía más miga; o como Juliet, desnuda en donde, en mi opinión, Hornby retrata de manera muy certera y realista la problemática de las relaciones amorosas.

En cualquier caso, se trata de un buen libro, indudablemente bien escrito, amable, con el que pasar unas horas de lectura agradables. Refleja hábilmente un tiempo de importantes cambios sociales y culturales (despenalización de la homosexualidad, nuevas tendencias en moda, música y entretenimiento, liberación de la mujer…) y reflexiona entrañablemente sobre los vaivenes del éxito y la fama, concluyendo finalmente que la felicidad, al fin y al cabo, consiste en dedicarse a lo que uno ama junto con la gente a la que uno quiere.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Me lo creo todo

Yo es que me lo creo todo.

Resulta que hace algunas semanas se hizo en Malpartida de Cáceres un casting para contratar extras para Juego de tronos. Mi madre escribió en el chat familiar, contando que se había presentado, que creía que la iban a coger o que, por lo menos, eso le habían dicho, y que qué pena haberse cortado el pelo. Que con tal de ver a Tyrion y a Jaime

Inmediatamente, mi hermana (que está visto que también se lo cree todo) y yo respondimos, manifestando nuestra envidia (sana) por esa increíble oportunidad y haciendo mil preguntas sobre cómo se había desarrollado todo.

Sin embargo, no se trataba más que de una cruel mentira.

Esta credulidad mía no es ninguna novedad. Tiempo atrás Ale me explicó que su sueño era tener un perro, pero uno en concreto: El perro calvo egipcio. Me explicó, con mucha seriedad, que era un perro estupendo, muy inteligente, cariñoso con los niños. Que el único problema que tenía era que la piel (sin pelo), se le llenaba dos veces al año de pústulas que supuraban pus, muy contagiosas, y que era una lástima, porque había que tenerlo en cuarentena durante ese tiempo, y daba mucha pena dejarlo solo. Que creía que había guarderías específicas para perros en las que se los podía tener durante esos periodos. Pero, por lo demás, era un perro estupendo.

Obviamente, era una mentira tan elaborada que no pude evitar creérmela. En fin, después de haber crecido con esto, nadie puede reprochármelo.


martes, 20 de septiembre de 2016

La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides


"No hay felicidad en el amor salvo al final de una novela inglesa.” Barchester Towers, Anthony Trollope.

Tenía pendiente este libro, algo olvidado, desde hacía bastante tiempo. No ha sido hasta este verano, después de que me recomendaran Middlesex, cuando me he decidido a leer ambos, seguidos, sin solución de continuidad. Así soy yo, excesiva, sin mesura.

Y, sin perjuicio de que Middlesex sea fantástico, maravilloso, enorme, una verdadera joya, el libro que más me ha gustado y que más he disfrutado estas vacaciones es, sin ninguna duda, La trama nupcial.

Comienza con dos citas. La primera, de François de la Rochefoucald, decreta que “La gente no se enamoraría nunca si no hubiera oído hablar del amor”. La segunda, es un fragmento de la canción Once In A Lifetime, de Talking Heads, que dice “Y puede que te preguntes: Bien, ¿y cómo he llegado aquí…? Y puede que te digas: Ésta no es mi bonita casa. Y puede que te digas: Ésta no es mi preciosa mujer.” Y es que, en todo el libro, late la idea, la duda: ¿Es el amor algo real? ¿Es, por el contrario, una construcción puramente cultural? ¿Un estado mental? ¿Una fantasía?

La narración arranca el día de la graduación de Madeleine Hanna, una romántica y sentimental estudiante de Brown que prepara su tesis de licenciatura en lengua sobre la trama nupcial, es decir, sobre las novelas del siglo XIX que giran en torno a la problemática del matrimonio. Ella misma se encuentra inmersa en su peculiar y personal “trama nupcial”, ya que es uno de los vértices del triángulo amoroso formado además por su novio, Leonard Bankhead, un tipo brillante, científico, que viene de una familia un tanto disfuncional; y por su amigo, Mitchell Grammaticus, el mítico “pagafantas” adorable, que se ha especializado en Ciencias de la Religión y que planea viajar a la India tras la graduación.

Jeffrey Eugenides es un narrador amable con sus personajes. Les trata, por complejos y ambivalentes que sean, con cariño. Te ayuda a meterte en su piel, a comprender sus razones.

Personalmente, empatizo bastante con Madeleine y me he preocupado durante todo el libro por su bienestar. Cuando declara que lo que quiere es ser “victorianista” (el sueño de mi vida) la hubiera abrazado. Me sorprendí a mí misma refunfuñando cuando tomaba decisiones equivocadas, e indignándome cuando se la trataba injustamente. Sus padres son un tanto estrafalarios, pero entrañables (algo que, curiosamente, también ocurre en Middlesex). Leonard es alguien que, a pesar de su dolor, tiene la fuerza suficiente para hacer lo correcto. Sin embargo, mi preferido es, sin duda, el bueno de Mitchell. Mitchell es un personaje típico en este tipo de argumentos, pero está extraordinariamente bien construido, con una personalidad original, que resulta atractiva y simpática. No se limita a ser una mera comparsa en los devaneos amorosos de Madeleine, sino que tiene sus propias inquietudes y preocupaciones. Su propia trama, en cierto modo.

Eugenides confía en la inteligencia de sus lectores. Evita explicitar de más, señalarle a uno, con letreros luminosos de neón, cuándo tiene que reírse, sonreír, entristecerse, sentir antipatía. Da por hecho que seremos capaces de entenderlo nosotros mismos. Trata temas sensibles, como las enfermedades mentales, la pobreza, las relaciones patológicas, o las crisis de pareja, de identidad o de vocación, de manera seria, pero sin dramatizar deliberada y artificiosamente.

La trama nupcial es un libro profundo, pero divertido, con diálogos frescos y fluidos, construido a base de personajes tan humanos y tan creíbles que podrían tratarse de nosotros mismos.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Mis últimos artículos en Ritmos 21

Me arrastro hasta aquí, en este jueves madrileño casi otoñal de Fashion Night Out para compartir con vosotros los últimos artículos que he escrito para la estupenda y genial revista digital de cultura Ritmos 21 en mi sección: El ambigú. Empecemos por mayo porque llevo algo de retraso.

Mayo:

El vestido años 50, o de los inevitables riesgos de las compras online.

Cinco libros que me compraría en la Feria del Libro (si no los hubiera leído ya), en el que, con motivo de la Feria del Libro en Madrid, me permitía sugerir los cinco libros que yo compraría (si no los hubiera leído ya).

Junio:

Libros para "engancharse", porque a veces uno no le pide más a la vida que una cerveza bien fría en una terraza en primavera y un libro que enganche.

Nostalgia de verano, o de los veranos de nuestra infancia en los que incluso nos sobraba tiempo para aburrirnos.

Julio:

Descubriendo Seúl, o de nuestro paso por la capital de Corea del Sur. Con divertida meta-foto incluida.


Hanboks en Changdeokgung.

Septiembre:

Poniendo un pie en Corea del Norte, o el relato de nuestra excursión a la DMZ ((Demilitarized Zone): La Zona Desmilitarizada.


Metafoto. Soldados surcoreanos visitando la DMZ.
Espero que os gusten (u os hayan gustado si ya los leísteis en su día). 

Sé que puedo llegar a arrepentirme de esto que voy a escribir, pero se admiten sugerencias de temas para futuro artículos.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Septiembre

Septiembre es una promesa. Madrid en septiembre es un privilegio. Ayer mismo me decía una buenísima amiga que no me pusiera triste por la “vuelta al cole”, que me animara: “Tienes Madrid en septiembre, eso ya es algo.”

Septiembre es mes de propósitos. Yo ya he hecho acopio de varios, muchos de ellos deliberada, consciente y apriorísticamente imposibles. Comer más sano, hacer más ejercicio. Agobiarme menos, escribir más. Después de todo, parafraseando a Paulo Coelho, si uno desea algo muy fuerte, el universo entero conspira para que lo consiga. Quizás, si me concentro mucho, rollo Millie Bobby Brown (Eleven) en Stranger Things, consiga perder los kilitos de más acumulados con tanta dedicación durante las vacaciones o dejar de comenzar las frases cuando escribo con “Es por eso que” algo que, además de incorrecto, desespera a mi madre. Y a las madres hay que procurar desasosegarlas lo menos posible.

Aunque el mes de enero sea considerado injustamente el mes de los buenos propósitos, lo cierto es que no hay mes como septiembre para prometerse uno mismo montones de cosas. Después de todo, llegado el fin de las vacaciones se impone la necesidad de buscar razones para seguir viviendo. Aquí van algunas, y sin necesidad de excesivos esfuerzos ni de ambiciosos proyectos.

Los domingos en Malasaña; las noches de cine, aunque en la última sesión siempre me quede dormida; las nuevas series o las series viejas, pero nuevas para uno (la antes mencionada Stranger Things, Penny Dreadful y Narcos, por ejemplo); el bendito Netflix; la maldita “Operación Running” posvacacional; El Retiro; los amigos reencontrados; los planes para el Puente de la Constitución; las novedades literarias y los libros, no tan novedosos, pero recomendados por coleguitas con criterio; los conciertos; la ropa de otoño (¡ah, las medias tupidas!); las croquetas de trufa y boletus y la tortilla de cebolla caramelizada del Pez Tortilla. La tontería tan divertida que entra después de beberse un par de vasos de cava. Los últimos días de aperitivos en terraza y las terrazas con estufas de exterior.

El hogar. Las nuevas etapas y los comienzos. Hacer hogar.

martes, 30 de agosto de 2016

Desmitificando los viajes

Vista de Cartagena de Indias desde el avión.
Hemos estado de viaje tres semanas y tengo que reconocer que, a mediados de la última, mi mayor afán era lavar toda la ropa que llevaba en la maleta en mi propia lavadora. Y es que, viajar está muy bien, pero casa es casa.

Reconozcámoslo: Los viajes se han mitificado hasta el extremo. Parece que no se puede estar en un lugar mejor que de viaje; y que la situación vital ideal sería un viaje continuo por el mundo. Minimalista, con un Macbook Air, un Iphone, y permanente y estable conexión a Internet.

Y la realidad es que los viajes tienen muchas ventajas, pero también algunos inconvenientes que se obvian en Facebook o en Instagram en apoyo de la tesis oficial (que viajar mola más que nada) y que yo siento el deber moral de sacar a colación.

No quiero ponerme excesivamente escatológica, pero los viajes llevan consigo, indefectiblemente, una serie de molestias estomacales que, sinceramente, no me creo que a ni uno solo de vosotros le sean ajenas. Acidez, diarrea o estreñimiento son peajes que sabemos que tendremos que pagar desde el momento en el que tenemos la tarjeta de embarque en la mano. Viajar suele suponer tener que comerse la comida de los aviones, que es una de las cosas más asquerosas que existen en la tierra y, si uno se niega, como poco se verá abocado a soportar el olor a recipientes de estaño recalentados en el microondas. Solo el recuerdo me despierta la náusea. Viajar, en el mejor de los escenarios, engorda; el peor escenario es una infección intestinal.

Estar de viaje no es ese nirvana, ese priority boarding a través de un portal místico, que nos intentan vender. Viajar es, en ocasiones, incómodo e, indudablemente, cansado. Por lo general, significa madrugar todas las mañanas, agobiado por la cantidad de lugares que hay que visitar, todos los “tics” que hay que poner, todas las fotos que hay que hacerse, editar y subir a las redes sociales.

Es, en definitiva, lo contrario a ociar, puesto que supone obligaciones constantes: Levantarse temprano para aprovechar el día, amortizar el bufé de desayuno del hotel, hacer fotografías incluso cuando no apetece nada, informarse sobre el lugar que se visita, integrarse, relacionarse con los autóctonos. Estar todo el tiempo preocupado por si se diera el caso de que no se estuviera disfrutando al máximo de todo eso. Ir al baño rápidamente cuando el guía, benévolo, te concede “cinco minutos para hacer pis”.

Con esto no quiero decir que no haya que hacerlo. Opino que hay que procurar viajar todo lo posible. Pero, como todas las cosas de la vida, presenta claroscuros que, de vez en cuando, conviene puntualizar en beneficio de la salud mental de los que se han quedado en casa.

En cualquier caso, me alegra informaros de mi regreso (a casa y al blog).

domingo, 22 de mayo de 2016

Otro post en otro AVE



Estoy en mi improvisada oficina en el AVE. Me he propuesto comenzar un artículo, pero no se me ocurre nada. Me termino Pyongyang, de Guy Delisle, una novela gráfica que trata sobre Corea del Norte. Saco la Moleskine, paso las páginas, las ojeo. Quito y pongo la goma repetidamente. Me paro un momento a odiar a la chica que se sienta enfrente, en mi mesa, en la parada de Córdoba y que me indica que quite la mochila del suelo: "¿Te importa? Tengo que poner los pies ahí...". Cotilleo de pasada el ordenador de la que va sentada a mi lado; parece que está escribiendo un artículo de cocina. Escucho a Rufus Wainwright. Retomo Yo te quise más, de Tom Spanbauer. Me lo ha recomendado Mj que me tiene el punto muy cogido, pero no termino de engancharme. Este fin de semana he bebido y comido desordenadamente y me encuentro somnolienta, llena, pesada. La chica que me ha chistado al subirse al AVE le enseña a su compañera vídeos en el teléfono y me entran ganas de decirle que lo pare, que "tengo que disfrutar del silencio." Desgraciadamente, este no es el vagón adecuado para ello. Mi reino por un botellín de agua.

Pienso en otros viajes, en otros trenes. Yo le debo mucho al AVE. He hecho muchos viajes de ida Madrid-Sevilla muy contenta y muchos de vuelta, llorando y escuchando la lista de Spotify que precisamente Mj me preparó ex profeso. Es un recuerdo bonito, pero no me cambiaba por mi yo del pasado.

Las chicas de enfrente (la petarda y su amiga) repasan ahora las fotos del móvil y de una réflex Canon que les envidio inmediatamente. A mí con la mía me da de sobra, dada mi pericia fotográfica. Pero yo les envidio la cámara y la pericia (que se la presumo). Supongo que vuelven de la feria de Córdoba. Les deseo íntimamente una resaca demencial, aunque no parece que la tengan.

La chica de al lado repasa su artículo, que parece muy largo. A ver si va a ser un libro. Giro un poco el Ipad hacia la ventana para que no vea que estoy escribiendo sobre ella.

Acabamos de pasar Puertollano.